Un viaje a través de nosotros mismos

En el marco de la movilidad docente y estudiantil, el autor de esta nota propone empezar por el conocimiento de sí mismos y de la propia historia continental, mostrándonos la experiencia de un reconocido académico latinoamericano.

Por Elio Noé Salcedo

   “Conócete a ti mismo” es uno de los aforismos más famosos de la antigüedad occidental, que estaba inscripto en el frontispicio de la nave anterior del templo de Delfos, atribuido sin determinación a Heráclito, Quilón de Esparta, Tales de Mileto, Sócrates, Pitágoras y/o Solón de Atenas.

   Pues bien, más allá de la indeterminación sobre el autor de la famosa y concluyente frase, si la principal necesidad de una persona para acceder a la sabiduría es el autoconocimiento, cabe preguntarse si no sería pertinente y beneficioso para los universitarios latinoamericanos conocer su propio mundo antes de conocer otros.

   Está claro que, debido a la colonización pedagógica y/o epistemológica, y a la falta de una elemental conciencia nacional, los latinoamericanos no conocemos la verdad sobre nuestra propia Patria, y la historia latinoamericana es una materia pendiente –entre otras- en el sistema educativo primario, secundario y superior latinoamericano.

    Resulta pertinente sino obvio –casi una verdad de Perogrullo-, que si quieres conocerte a ti mismo, debas conocer primero tu propia historia, entendiendo por ella, no solo la propia historia individual sino la de tu familia, antepasados y ancestros, pero también la de tus congéneres y compatriotas, es decir, en última instancia, la de tu Nación y de tu pueblo. Es allí donde cobra importancia ese “viaje a través de nosotros mismos”.

    Recordemos lo que el viaje de Gandhi a través de toda la India le prodigaría a nivel de conciencia política y conocimiento de la cultura de su propio pueblo; aunque también la consecuencia que el “viaje” al Viejo Mundo produciría en la mente de los intelectuales latinoamericanos allí exiliados y reunidos, como el argentino Manuel Ugarte, el nicaraguense Rubén Darío, el mexicano Amado Nervo, el venezolano Rufino Blanco Fombona y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, entre otros, que recién en ese caso, a la distancia, podrían descubrir y apreciar desde Europa lo que la realidad asfixiante de las “naciones” artificiales y aisladas una de otras no les dejaba ver desde sus pequeñas patrias locales: la pertenencia a una Misma y Grande Patria Común; como asimismo, la experiencia que el chileno Pedro Godoy Perín –director del Centro de Estudios Chilenos (CEDECH), defensor de nuestra soberanía en Malvinas y uno de los maestros del pensamiento latinoamericano- realizara con sus condiscípulos con el propósito de descubrirse a sí mismos y su propia historia, en ese particular viaje de conocimiento a través del corazón de América Latina: Bolivia.

   Tal vez la transcripción de esta última experiencia –en su obligada brevedad y síntesis-, entrañablemente latinoamericana, nos dé la pauta de la “movilidad” que a nuestros estudiantes, docentes, investigadores y profesionales latinoamericanos les hace falta para conocerse a sí mismos y conocer su historia –y acceder a la sabiduría elemental de cualquier persona- antes de emprender un viaje para el conocimiento de otros mundos y recibir el aporte de otras realidades. Necesitamos entrever una forma de mirar esta metodología y adaptarla al ideal de una educación que nos forme e instruya en el espíritu de una nueva sociedad y de una nueva vida a partir del redescubrimiento, primero, de nuestra propia Patria Común.


El redescubrimiento de la propia Patria
   “En 1961 –cuenta Pedro Godoy P.-, con un equipo de cuatro condiscípulos –mochila al hombro- vivimos una experiencia alucinante…”. Se trataba de “vivenciar la Patria Grande. Para ello nada mejor que un viaje”. ¿Y hacia dónde creen que se “enrumbó la gavilla moza”? “Al corazón mismo de Suramérica. En otras palabras, a Bolivia… De golpe, sin más, abrimos el baúl metálico que es Chile, asomándonos –en cuerpo y alma- a un país que es suma de todas las substancias y síntesis de todas las esencias de Iberoamérica”.

   El “pacto de hermandad” se sellaba en contacto con un pueblo que los “acogía con afecto y sin rencores”, a pesar de su encierro mediterráneo y la pérdida de su salida al mar, en la que Chile algo tenía que ver…

    “Apenas cruzada la frontera y ya en Oruro vivimos el carnaval contagiados con el imponente festejo de La Diablada. Sin autorización de nadie, integramos una comparsa. Así pudimos empaparnos de la religiosidad del pueblo minero tributando nuestro homenaje a la Virgen del Socavón”.

     Esa experiencia les pareció tan insólita como “aquella solemne sesión del Consejo Superior de la Universidad “Gabriel René Moreno” en la cual el Rector y el cuerpo de decanos -vestidos todos de impecables tenidas blancas- nos recepcionan con toda pompa… A nosotros, un puñado de hirsutos y anticonformistas muchachos chilenos en plan de redescubrir nuestra América comenzando por Bolivia”… “La capital del trópico boliviano anticipa el realismo mágico”.

    Su regreso a La Paz, desde Cochabamba, se efectúa sobre la plataforma de un camión repleto de maíz: “El conductor del vehículo, un excombatiente de la guerra del Chaco (entre Paraguay y Bolivia), enjuicia esa reyerta como monumental necedad y maniobra de las petroleras. Antiparaguayismo ¡ni una molécula! El revisionismo histórico tímidamente impulsado por los catedráticos de mi Facultad… Ese revisionismo histórico en Bolivia era ¡carne y alma popular”.

    A la vera del camino de La Paz a los Yungas, “encontramos, sobre un borrico, a una adolescente negroide. No tendría más de 15 años. Detenemos el jeep. En el rostro evidencia el mestizaje de África con España y el Tahuantinsuyo” (33). De ese modo, una tras otras experiencias, “Bolivia nos conquista el corazón”.

     Y en la última exposición de su viaje iniciático por la propia historia, el Prof. Godoy nos depara esta “anécdota probatoria” del éxito y la riqueza de esa “movilidad” extramuros por la propia y gran Patria ante “alumnos todos de humilde origen”, que “exhiben inteligencia social y gentileza oportuna”: “A esos niños y adolescentes, en la víspera del adiós, les solicitamos que pidan obsequios a despachar desde Santiago. Uno de ellos –en representación de todos se pone de pie, expresando: ‘Nada, sólo queremos que tengan buen viaje y nos envíen un libro de Historia de Chile’… ¡Increíble, pedirnos un texto para conocernos mejor!”.

    Concluyamos sin más comentarios, con las propias palabras del entrañable profesor Pedro Godoy: “La lana de la memoria ha permitido hilar la fibra del recuerdo. Del telar de la charla ha ido brotando este poncho de verídicas imágenes con personajes reales. Ellos continúan sacudiéndonos en lo profundo. Permiten que, de las entretelas del corazón, fluya robustecido el nacionalismo suramericano”.

   La militancia de lo propio a la que quedan comprometidos, «no es deleite por lo supuestamente exótico. No se trata de un interés por lo pintoresco, lo típico, lo arqueológico. Es hondo cariño por un pueblo. Más que eso, es conocimiento objetivo de la trayectoria, de la sociabilidad y de la cultura de una república. Es voluntad de integración continental”. Es redescubrimiento de nosotros mismos, de nuestra propia historia y de la Grande y Misma Patria Común.

Obra consultada: P. Godoy P. (2004). Chile versus Bolivia: otra mirada. Santiago de Chile: Ediciones Nuestra América. Colección Surazo.

Fuente: revista.unsj.edu.ar

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