Utopías y distopías de Argirópolis

Por Elio Noé Salcedo

En el prólogo de la obra editada por EUDEBA (1968), Gustavo Ferrari estima que Argirópolis es una de las obras más curiosas de Sarmiento y, quizás por eso mismo, una prueba de la versatilidad de su talento literario”. No lo dudamos. 

Coincidimos también con Ferrari que, escrita en 1850, en vísperas de la caída de Rosas, “reúne en sí dos géneros que parecen teóricamente opuestos: la utopía y el panfleto político realista”, lo que demuestra el sentido político permanente con el que escribe Sarmiento, a la vez que muestra al mismo tiempo el carácter utópico (positivo) en algunos casos, o lisa y llanamente distópico (negativo), en otros, que tienen muchas de sus opiniones y apreciaciones a lo largo de su obra literaria.

En principio, “Argiropolis” desarrolla la propuesta de capitalizar la Isla Martín García (nominarla como capital de una Confederación que restablezca la antigua unidad entre los integrantes del ex Virreinato del Rio de la Plata (Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay), en vista a lo que Sarmiento llama los “Estados Unidos de la América del Sur”, propuesta que no podría sino llamar nuestra atención nacional y latinoamericana.

En el capítulo V, al desarrollar su propuesta de capitalización de la Isla Martín García a la que llama Argirópolis, cuya propuesta debía ser aprobada por un Congreso Confederal, expresa:

Los estados del Plata están llamados, por los vínculos con que la naturaleza los ha estrechado entre sí, a formar una sola nación… La dignidad y posición futura de la raza española en el Atlántico exige que se presente ante las naciones en un cuerpo de nación que un día rivalice en poder y en progreso con la raza sajona del Norte, ya que el espacio del país que ocupa el estuario del Plata es tan extenso, rico y favorecido como el que ocupan los Estados Unidos del Norte”.

Llamaos los ESTADOS UNIDOS DE LA AMERICA DEL SUR, y el sentimiento de la dignidad humana y una noble emulación conspiraran en no hacer un baldón del nombre a que se asocian ideas grandes… en cuanto al mecanismo federal, no hay otra regla que seguir por ahora que la constitución de los Estados Unidos”.

Parece mentira, pero es el mismo Sarmiento de “Civilización y Barbarie”, “Educación Popular” y “Viajes por Europa, África y América”. 

En el meollo de su argumentación, al referirse a las particulares circunstancias que han puesto en conflicto a Buenos Aires y Montevideo, Sarmiento escribe:

Atendidos en fin los comunes intereses comerciales de ambos estados que la naturaleza ha ligado inseparablemente, atendidos tan sagrados intereses, nosotros preguntamos a los sitiadores y sitiados en Montevideo, aquellas dos partes de una nación empeñadas ocho años en una lucha fratricida, si hallan dificultad insuperable, invencible, para asociarse al Paraguay y a la República Argentina (no menciona aquí a Bolivia) en una federación con el nombre de estados Unidos de la América del Sur, u otro que borre todo asomo de desigualdad…”.

“… Por todo esto es que pedimos la reunión de un congreso general en que todos los intereses sean atendidos, y que el pacto de unión y federación se establezca bajo tales bases; que todas las partes contratantes encuentren garantías de ser respetadas en sus intereses y libertad política y comercial”.

Ya en el capítulo II, Sarmiento deja escapar la contradicción entre la “unión de intereses” y la de los “intereses y libertad política y comercial” que incorpora a Europa en esa ecuación, en la medida en que, según entiende el escritor e intelectual, “la creación de un puerto de comercio exterior en Martin García, suministrando las mercaderías europeas a las provincias del interior… precipitará por aquella parte el desenvolvimiento de la riqueza y la mayor exportación de productos, que desde allí seguirán la dirección que los intereses del comercio (del mercado) les señale, ya sea acumulándose en Buenos Aires o Montevideo, ya exportándose directamente hacia el exterior”.

Otras utopías

No obstante, en la línea nacional de su propuesta principal, y para ir a un ejemplo de las otras utopías que Sarmiento defiende en “Argirópolis”, coincidente con su mayor acercamiento al ideario de Urquiza y de la Confederación Argentina que se apresta a desalojar a Rosas de su poder omnímodo, escribirá en el capítulo III (“La Capital de los Estados Unidos del Río de la Plata”), como volviendo de su pasado unitario pro porteño: 

Nadie ha observado, que distraídas en Buenos Aires las rentas que se cobran sobre las mercaderías consumidas por los pueblos, los pobres gobiernos confederados carecen de recursos para sostenerse, no habiendo rentas nacionales que vengan en su auxilio viéndose forzados a arruinar a sus propios pueblos para existir”. Irrefutable.

Previamente ha hecho otra observación que secunda a esta, pero no menos verdadera, por cierto:

Todos los pueblos de la Confederación han sentido los males que se causan con los derechos de tránsito que se imponen unos a otros, y aun el encargado provisorio de las relaciones exteriores (Rosas) ha manifestado su pesar de que tales males se prolonguen”, aunque sin resolverlo.

Rematará esta página de observaciones sorprendentes con una distopía (que es la principal propuesta formal de “Argirópolis”), mezclada con una consideración que se inscribe dentro de la línea federal provinciana de la época, “haciendo que la Isla de Martín García, llave del comercio interior, esté hoy fuera del dominio del gobierno de Buenos Aires, y pueda entrar en el dominio del congreso general”.  

Claro, quedar fuera del dominio de Buenos Aires o terminar con aquella situación de desigualdad política y económica era una cosa, y otra plantear la distopía implícita del título de la obra, o sea, trasladar el poder central a la isla Martín García o Argirópolis, cuando lo que hacía falta era nacionalizar la Aduana de Buenos Aires y capitalizar la ciudad de Buenos Aires, creando, sí, un Estado Nacional federalizado como harían Avellaneda y Roca en 1880.

La justificación distópica (en este caso absurda) dada por Sarmiento se basaba en el ejemplo de Inglaterra, que siendo una isla, dominaba el mundo, pues “por su forma insular presenta puertos a todos los mares y en todos los extremos…”. 

Entre los fundamentos de carácter nacional de su utopía, aunque formalmente distópica, Sarmiento argumentaba:

El objeto de una Confederación es reunir la fuerza colectiva de la nación al provecho y ventaja de cada uno de los Estados asociados, y sería ridículo suponer que haya Estados que se reúnan libremente para renunciar a toda esperanza de progreso y de mejora para sí mismos, abandonando el poder, la riqueza, la gloria y todas las ventajas comerciales y políticas a un solo de los Estados y a un solo individuo”.

La razón de su razonamiento, sin embargo, estaba en la distopia del liberalismo extranjerizante, en tanto la capitalización de Martin García respondía en su ideario profundo a una razón extra nacional, a saber:

Las provincias de Cuyo, es verdad, no están estrechamente ligadas con el nuevo centro comercial que la capitalización de Martin García crearía para todas las demás provincias y los Estados del Paraguay y del Uruguay; pero, a más que de que ellas gozarían de la ventaja de dirigirse a Buenos Aires o Santa Fe en busca de las mercaderías europeas…”.

Cuando se nos vea trabajar, cuando desaparezcan esos gobiernos voluntariosos y esas guerras obstinadas -escribirá en las páginas finales-, los capitales, los brazos, la industria europea vendrán de suyo a buscar, bajo la salvaguardia de nuestras leyes, ocupación lucrativa”.

Aquí derrapaba el proyecto sarmientino: provincias pobres (productoras de monocultivos), dependientes de las más diversificadas naturalmente por su situación geográfica de cercanía con los ríos del Litoral y el Océano Atlántico, en un país dependiente (sin industrias) del comercio extranjero.

En el capítulo VI -“De las relaciones naturales de Europa con el Rio de la Plata”-, escribirá:

Arreglar el uso de esta parte del río (Rio de la Plata y Paraná principalmente), sería como arreglar el uso del aire, de la luz, que a todos pertenece”, pero creer que “la Inglaterra ni la Francia pueden abrigar el más remoto pensamiento de conquista”, más que temerario era propio de una mentalidad colonial ingenua, teniendo en cuenta que Inglaterra había invadido el Río de la Plata en 1806 y 1807, había usurpado nuestras Islas Malvinas en 1833, en tanto Francia ya había intentado acantonarse en Montevideo y bloqueado dos veces el Río de la Plata para imponer su política comercial imperial junto a Inglaterra.

Si bien Sarmiento infería que “para conseguir esto, la Inglaterra y la Francia propenderán siempre a obtener tratados que les aseguren todas las facilidades de vender mucho y comprar mucho, y los medios de penetrar por todo el país con sus mercaderías, remontar los ríos hasta Matogrosso, si es posible, y allí encuentra el comercio probabilidad de hacer cambios ventajosos”, no obstante sostenía, sin ninguna previsión soberana, que “este interés europeo en nuestro país, estará completamente de acuerdo con el nuestro, a condición de proveer a la seguridad de nuestro territorio, y el cobro de los derechos de importación y exportación que las necesidades del Estado (cuestionado hoy en su existencia por el mismo liberalismo extranjerizante) haga necesario imponer; porque también nuestro interés está en vender la mayor suma de productos posible y comprar la mayor cantidad de artefactos europeos”, obviamente imposible en una sociedad sin Estado, sin industrias, sin trabajo y sin consumo.

Todas las premisas sarmientinas para justificar la relación con Europa y el extranjero serían desmentidas por la realidad de nuestra histórica condición y dependencia semicolonial ante la voracidad de los países imperiales y los poderes concentrados que vienen por todo y no escatiman ni ahorran medios políticos, económicos, culturales o militares para lograrlo.

Al concluir su obra -en el Capítulo VII, “Del Poder Nacional”- en lugar de profundizar la línea nacional de provinciano en Buenos Aires, vuelve a sus ideas del “Facundo” (“Civilización y Barbarie”), desandando la elevación que logran algunas consideraciones utópicas de “Argirópolis”:

“… en unos países se mantiene el atraso por el conato de legislar sobre lo que existe, imitando en esto a los gobiernos antiguos de Europa, o se destruye todo por espíritu de antipatía a lo europeo, por americanismo. Lo primero conduce al quietismo, lo segundo a la barbarie”.

Y aunque reconoce que “no hay progreso sino done hay rudimentos que desenvolver como ciencia, industria, etc… se necesitarían quinientos años para obtenerlo”, por lo que se pregunta:

¿Por medio de qué prodigio, pues, podría un gobierno acelerar la obra del tiempo y mejorar a la vez la condición inteligente, industrial y productiva de la población actual?”.

La respuesta es bastantecontradictoria:

Esclarecidos todos estos puntos capitales, para alejar toda preocupación y toda irritación al espíritu, examinemos ahora cuáles son los intereses de la Francia y de la Inglaterra en la América del Sur, poniéndonos por un momento de su lado, para no substituir nuestros intereses a los suyos… Hágase de la República Argentina la patria de todos los hombres que vengan de Europa Cuantos más europeos acudan a un país, más se irá pareciendo ese país a la Europa…”.

¿Se trataba simplemente de emulación, de reemplazar la población nativa por la extranjera y/o de dejar en manos europeas y de europeos y de extranjeros en general nuestros asuntos? ¿O al fin y al cabo era conveniente y necesario crear y/o recrear una nueva civilización con raíces propias… orgullosa y confiada de su propia identidad e historia?