Un país menos de sí mismo que de los demás
Por Elio Noé Salcedo
En uno de los artículos periodísticos (21 de abril de 1883) que su sobrino Belín Sarmiento transformará en libro e incluirá años más tarde bajo el título de “Condición del extranjero en América”, Domingo F. Sarmiento se pregunta:
“¿Es la República Argentina una nación o simplemente un Gobierno?”.
Allí da cuenta de la extrañeza de una viajera norteamericana que expresa su sorpresa por “encontrar un país de todo el mundo, menos de sí mismo, escandalizada de saber que aun en las escuelas seguían estas diversas aguas, diversos canales, haciendo, como en el Paraíso terrenal, un divorcia aquarum de ríos, corriendo a distintos rumbos, o una torre de Babel donde se hablan todas las lenguas…”.
No podría estar mejor descripta la condición educativa en la que se encontraba la Argentina un año antes de ser creada la Escuela Pública (1884) a través del gobierno de Julio Argentino Roca, y cuyo país había sido conformado por el ideario rivadaviano y “porteño” de subordinación económica y cultural al extranjero, al que el propio Sarmiento había aportado lo suyo.
Ahora, se cuestionaba el venerable anciano:
“Cuando se trata nada menos que de la libertad de escribir aquí, los nacionales, y de no sujetar a censura previa a los europeos y americanos corresponsales, generalmente hombres eminentes, vale la pena que nuestro Congreso dicte leyes para evitar estos conflictos, nacidos de la indiferencia pública sobre el espíritu del extranjerismo, que se va radicando de tal manera que mañana tendremos que decir, cuando se nos pregunte: ¿Quién es usted? Con perdón de usted, argentino”.
“La abstención sistemática de los extranjeros de tomar parte en la vida pública -expresa Sarmiento en una edición de El Censor de 1886-, empieza a dar sus frutos. El Presidente declara desnacionalizados a los argentinos nacidos en la provincia de Buenos Aires o en la Capital, que lleva el mismo nombre, a causa de su insignificancia como propietarios y de su corto número como ciudadanos”.
En realidad, lo que está haciendo Sarmiento es cuestionar en este punto al presidente provinciano del que se ha distanciado y quien sostiene con acierto (citado por el mismo Sarmiento), que “la República Argentina está fuera de estas dos ciudades donde prevalecen la población y los intereses extranjeros”. A esa altura, “la gran aldea” era ya una ciudad cosmopolita.
Lo explica un poco más adelante en el mismo artículo, atravesado por ideas contradictorias y/o controversiales, que por un lado cuestionan explícitamente el extranjerismo en la educación y por otro todavía lo sustentan implícitamente en economía:
“Hase ya visto cómo un Presidente declara que en Buenos Aires prevalecen los intereses extranjeros (lo que es totalmente cierto), de donde resulta que el curso forzoso disminuyendo el valor del papel, obra sobre los intereses extranjeros; que los empréstitos superiores a los recursos de esos extranjeros, arruinando el crédito, arruinan la propiedad particular de los extranjeros, y que el mal empleo de las contribuciones ha de refluir sobre esos mismos intereses extranjeros que las proveen”.
Pues bien, argumenta Sarmiento,
“habíamos en diversas ocasiones llamado la atención sobre este extraño fenómeno de una nación compuesta de elementos diversos, y asociados en diversas proporciones, sin cohesión y al parecer con intereses opuestos o superpuestos: extranjeros y nacionales. Los nacionales con derechos políticos, los extranjeros con derechos municipales optativos, con igual riqueza, sin embargo, igual grado de instrucción nacionales y extranjeros, y casi en igual número…”.
Contrario a la defensa que hacen las autoridades italianas de sus escuelas “nacionales”, “el Zeitung, alemán, y una sociedad alemana… comenta Sarmiento- han mostrado que se aperciben, en efecto, del mal que se está produciendo con estas situaciones singulares de expectante y actores, con los mismos intereses, pero con diversos derechos; de manera que los unos gobiernan a los otros, al parecer; pero que, en realidad, los que no gobiernan en el país que se gobiernan a sí mismo, entregarán, maniatados, a sus iguales de raza y civilización, a los ambiciosos, que se apoderan del ejército, de los Bancos, del crédito y del Poder, y se prolongan su comisión o se burlan de las instituciones”. ¿Eran acaso “iguales de raza y civilización” los nativos que los extranjeros?
Si separamos lo que son los intereses argentinos de lo que son los intereses extranjeros, debemos decir también que la Escuela Pública auspiciada por Sarmiento desde Chile en 1848, aunque con las características “universales” que ahora criticaba, a partir de la creación nacional de Roca ayudaría bastante a superar el problema de las “colectividades” e integrar lingüísticamente a los inmigrantes italianos, españoles, rusos, polacos, franceses, alemanes, árabes y judíos, y sobre todo a sus hijos, a la Argentina criolla; si bien la “universalidad” de sus contenidos -cuestionada por Ricardo Rojas ya en la primera década del siglo XX en su Informe Educativo de 1909- impediría de alguna manera la definitiva nacionalización intelectual tanto de inmigrantes como de criollos, hasta hoy.
En realidad, en forma creciente, aunque de manera “invisible”, eran los ingleses, pronto a convertirse en el imperialismo naciente entre el final del siglo XIX y principio del XX, el sector extranjero que se iba apoderando de la economía y de la cultura argentina, sector el primero al que Sarmiento promocionaba equivocadamente en su juventud como modelo de civilización general y de nuestro desarrollo industrial, y cuyos paradigmas influirían fuertemente en nuestro desarraigo cultural hasta el presente.
Ahora, intentaba explicar Sarmiento:
“El Gobierno mismo se afecta de este extraño modo de ser de una sociedad sin patria, y se acaba por persuadir que aún los nativos están ya disgregados, y pueden contarse simplemente como neutros. A guisa de hormigas o de abejas cuyo mayor número ni sexo tiene, pues su oficio es trabajar para los demás”. ¡No deberían quedar afuera de esta descripción muchos de “nuestros” intelectuales, académicos, periodistas, opinadores y analistas… del sistema anti nacional, que trabajan para afuera!
En cuanto al escritor europeo, “si esa era su profesión o la materia de su predilección” -continua Sarmiento-, habiendo “llegado a América, establecido en ella, enarbolando su vieja o nueva pluma, aquí tiene el mismo debate, el mismo combate, por la libertad del ciudadano, por la práctica de las instituciones que ya ha conquistado este o el otro país de Europa, o Estados Unidos o el resto de América…”. Tampoco podríamos simplificar un debate que, en realidad, es más complejo de lo que el pensamiento “universalista” de entonces o el pensamiento “globalista” de hoy han sostenido o sostienen y difunden.
En el caso denunciado por Sarmiento (habitantes extranjeros que no estaban nacionalizados argentinos como correspondía),no se trataba solo de una desnaturalización de la legislación que debía amparar a todos por igual en caso de “hacerse” argentinos (como en América del Norte los inmigrantes se habían nacionalizado estadounidenses), sino que en el razonamiento del escritor, de no atenerse a las disposiciones legales, “son ellos los doscientos mil extranjeros y no nosotros; son los escritores europeos, o débiles, o perversos, o venales, los que legarían a sus hijos el oprobio de las elecciones municipales, por todos condenadas, aun por la exageración de la mentira de la tribuna gubernativa, y de todos toleradas, si no ponemos manos a la obra de detener el mal”…
Tal vez, los próximos artículos periodísticos de Sarmiento de la década del ‘80 nos aclaren un poco másel panorama, no solo sobre el pensamiento final de Sarmiento sino, sobre todo, sobre los requerimientos permanentes de la educación argentina.
La condición de la educación y las escuelas italianas
En su debate público en contra de los promotores y defensores de la escuela italiana en Buenos Aires, en momentos en que en la ciudad cosmopolita empiezan a llamar la atención las escuelas públicas, “y con ellas dos o tres escuelas italianas de la Sociedad de Benevolenza” -que el diario La Nación respalda en su libertad de enseñanza-, en un artículo del 1º de mayo de 1888 en El Diario, “el general Sarmiento”, que se reivindica a la vez como “educacionista”, da cuenta de la definición que el representante italiano en nuestro país ha expresado sobre la escuela propia, pero que, paradójicamente, coincide con el rol que la escuela debe cumplir en un país soberano:
“La scuola es el medio más poderoso de propagar nuestras ideas y nuestra ‘civilitá’; de facilitar nuestras relaciones con el exterior… Es el más poderoso elemento de cohesión de nuestras colonias (término que acertadamente Sarmiento impugna, pues no se trata de colonias sino de colectividades) y mantiene entre los emigrantes el uso de nuestra lengua…” (en este caso, la lengua italiana).
Aquí Sarmiento, elevándose sobre la propuesta afrancesada de “Educación Popular”, descubre no solo la intención de los italianos de defender la “italianidad” en la Argentina, sino el “medio moderno de extenderse, organizarse y engrandecerse. ¿Cuál? ¡La escuela!”.
Por eso, a continuación, se pregunta con curiosidad criolla:
“¿Qué nombre dar a esta singular ocupación de países, sin gobernarlos, sin poseerlos, sin reconocer dueños del suelo?”.
Sabemos que eso se llama colonización pedagógica en general, que es la extensión y a la vez la facilitadora de la colonización económica, o viceversa; y que es la razón también por lo que resulta tan importante y decisiva la Educación Pública, cuando se trata ya no de una colectividad sino de una Nación.
“¡Es claro!”, argumenta Sarmiento, esta vez con la razón que no tenía al promover desde su desarraigo intelectual (producto de su auto educación extranjerizante) la enseñanza del inglés y del francés en las escuelas, la traducción de los textos extranjeros como si fueran la Biblia o de traer maestras norteamericanas para que nos educaran.
En efecto, la razón estaba clara, lo reconoce él mismo:
“Si se toma un niño desde que nace y se le mete por la cabeza, por los oídos, por la escuela, que es turco y debe querer a la Turquía (o a Europa o a EE.UU), por ejemplo, no vemos cómo no dejará de creerse turco (europeo o “americano”), bajo esta atmósfera artificial y respirando y aspirando una suposición y un engaño desde que nace…”, o, en su defecto, cuando varias nacionalidades cinchan cada una por sus intereses e identidad, “adónde nos llevaría el privilegio reclamado de tirar cada uno para su cueva”.
De hacerse de las escuelas argentinas una prolongación de cada colectividad que reside en el país, protestaba ahora el educacionista, “tendremos tantas prolongaciones como pueblos hay en el mundo”, sobre todo en una nación de inmigración como la Argentina.
A propósito, desde el interior profundo, en su libro sobre “La Pampa Gringa Cordobesa” (1999), el Dr. Roberto A. Ferrero nos confirma esta tendencia preocupante a fines del siglo XIX y principios del XX:
“En nuestra llanura agraria, un gran porcentaje de la educación estaba en manos de maestros y profesores particulares, en su mayoría extranjeros o de origen extranjero”.
Por eso, contradiciendo su propia propuesta de “Educación Popular”, esta vez Sarmiento responde con un NO ante la pregunta: “¿Educamos nosotros argentinamente?”.
Por el contrario, afirma ahora Sarmiento:
“Educamos como el norteamericano Mann, el alemán Froëbel y el italiano Pestalozzi nos han enseñado que debe educarse a los niños”, y “les hacemos aprender de manera racional todo aquello que hoy se enseña en las escuelas bien organizadas del mundo entero” (como proponía hacer en 1848).
Como se deduce, “aprender de manera racional todo aquello que hoy se enseña en las escuelas bien organizadas del mundo entero” no garantiza educar “argentinamente”, si la Escuela y la Educación en general no persiguen un ideal nacional, como lo hacen, de acuerdo a sus propios intereses nacionales, todas las naciones soberanas del mundo que se precian de tales.
“En nuestro país -como señala el historiador Ferrero en otro libro de su autoría (2013)-, la escuela popular (o pública) y el ejército, organizado a fines del siglo pasado sobre la base del servicio militar obligatorio, permitieron realizar la asimilación de las generaciones inmigratorias y salvaron la continuidad histórica del país”.
Curiosamente, y al contrario de lo que había sostenido en el “Facundo” (1845) y durante muchos años de “porteño en las provincias”, Sarmiento preguntaba en la edición de El Diario del 28 de abril de 1888, un mes antes de viajar al Paraguay y cinco meses antes de morir:
“¿Qué influencia moral, industrial o política ejercerán esas razas si todas ellas eran y son inferiores al tipo original americano?”. ¡Eureka! En su carta a don Valentín Alsina, durante su “Viaje” a EE.UU. de 1847, había afirmado lo mismo de los ingleses y franceses, al desilusionarse de Europa y compararlos con los estadounidenses que acababa de conocer.
Aunque parece que al poder y a la cultura semicolonial no le interesa rescatar este Sarmiento, que ha utilizado en forma maniquea como “caballito” de sus batallas ideológicas y culturales; no les interesa rescatar y ponderar cuando este Sarmiento defiende, con el mismo ímpetu que lo caracteriza, los intereses nacionales.
“Los europeos que vienen a esta América nuestra -decía ahora el verdadero educacionista-, incluso españoles, portugueses e italianos -y debió decir lo mismo de los ingleses y de otros extranjeros que estaban en el país por negocios e intereses económicos extra nacionales-, vienen creyendo que basta ser europeos, para creerse que en materia de gobierno y cultura nos traen algo de muy notable, y van a influir en nuestra mejoría. Estamos en el medioevo ancora”.
“Sería lamentable -reconoce al fin Sarmiento, y coincidimos en eso con él- que tuviésemos una conquista normanda por causa de tener escuelas para todos, y que cambiáramos de lengua, precisamente por haber enseñado a leer a los italianos -y a todos los extranjeros en general- que vienen sin saber” nuestra lengua y nuestra historia, o defienden sus propios intereses y necesidades como Nación o como pueblo.
El general de tantas batallas ideológicas, contradiciendo incluso su vieja prédica, aconsejaba:
“Déjese pues, el advenedizo en castellano de hablar de publicistas ligeros, de propósitos fantásticos, para caer en veinte renglones de declamaciones que le vienen tan bien a la Francia, la Inglaterra o la España como a nosotros mismos, al decir que hay ‘pueblos nobles’, francos, generosos, enamorados de ideales… que van a ofrecer su brazo allí donde hay una nación que formar… No existen tales pueblos en el mundo, y ese argumento probaría que es preciso guardarse del que pretenda tener tales cualidades cuando venga a querer formar una nación en nuestro suelo y sostener una independencia donde encuentre una causa noble que sostener, una libertad que conquistar, una tiranía que destruir…. ¿No hay quien haga callar esta tarabilla?”.
Antes de hacer pie en el barco que lo llevaría a su destino final guaraní al final de sus días, Sarmiento expresaba su mejor oración critica sobre una escuela colonizada y desargentinizada, que él mismo, con las ideas de “Civilización y Barbarie”, había ayudado a perfilar.
Ahora se corregía:
“Esta escuela, decimos nosotros, contra la patria del niño, contra el ambiente que lo rodea, para oponer resistencia al influjo de las instituciones es no solo un obstáculo a la formación del Estado, sino un crimen que las leyes deben castigar. Vale tanto como envenenarnos el agua que bebemos, y poner arsénico en nuestros manjares, produciendo en lugar de ciudadanos argentinos”, extranjeros en su propia patria.
Era su despedida como argentino y su pasaporte a una Patria ideal que ahora soñaba como americano en Paraguay antes de su partida definitiva, superadora de su visión anterior de “porteño en las provincias”, visión excluyente y parcial del controvertido escritor, intelectual y político que nos ha legado la cultura oficial vigente.
Esa escuela, cuestionada al final de su vida por Sarmiento, debe ser descolonizada desde una política educacional soberana en forma sistemática; o en su defecto, si tuviéremos el trágico destino colonial que nos acecha, debería promoverse de alguna manera, desde afuera de los claustros escolares y académicos, con una fuerte y renovada campaña de nacionalismo cultural dentro de nuestro propio pueblo, hasta que podamos institucionalizarla y naturalizarla según nuestra propia tradición e ideal nacional argentino y latinoamericano.
