POR QUÉ NOS HACE TANTA FALTA IGNATIUS REILLY

Por Ismael Carvallo Robledo*

Aquí yo diría que aplica la de Ignatius Reilly, el protagonista de la hilarante y genial novela de John Kennedy Toole La conjura de los necios, porque en momentos como estos es cuando se hace evidente nuestra falta de teología. Recordemos que Reilly es el antihéroe que Kennedy Toole, tal como Chesterton hiciera con el padre Brown, instrumentaliza como dispositivo de contraste para ejecutar una crítica al mundo moderno según era visto en la Nueva Orleans de los sesenta del siglo pasado.

Ignatius Reilly es un gordinflón anacrónico, holgazán y desagradable que en plena madurez vive todavía con su madre obsesionado con la teología medieval entendida como una suerte de geometría moral que el mundo moderno había abandonado y despreciado sustituyéndola con el racionalismo, el consumismo y el ateísmo a costa de su perdición y decadencia, y la correspondiente imposibilidad para comprender los problemas fundamentales del hombre, la vida y el mundo. “La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona”, dice Ignatius en alguna parte de la novela y era ese, la falta de teología en el mundo moderno, su reclamo permanente a todos los males que detectaba y contra los que se revelaba a través de su aspecto, sus ideas y sus actitudes.

Y es que sí: en todo lo que tiene que ver con Medio Oriente –ya sea la cuestión judía, la cuestión de Israel, la cuestión palestina o la cuestión iraní– lo que se requiere es teología, historia y filosofía, y meterle muchos siglos al análisis para así darle entonces fuerza y consistencia a toda consideración de tipo militar, económica y geopolítica. La guerra declarada hace unos días por Estados Unidos a Irán es una situación de este tipo.

Lo dejó escrito por ahí Jorge Abelardo Ramos: “en todos los momentos decisivos de la historia, hasta los teólogos se hacen políticos”. Es posible que no lo hayan entendido bien, sobre todo porque el suyo fue un tiempo en el que la dialéctica política e ideológica se daba en función del capitalismo y sus frentes políticos de choque según fuera la necesidad (dictaduras militares, fascismos varios) enfrentados bien sea al nacionalismo revolucionario-popular (Cárdenas, Perón) o al comunismo (Castro, Unión Soviética), inscritos ambos dentro de las coordenadas de la racionalidad moderna movilizada dentro de la matriz de la economía y sus morfologías político-estatales.

Unos y otros, así hayan estado enfrentados literalmente a muerte en los términos de la OTAN contra el Pacto de Varsovia (cuyas armas fluían respectivamente a Nicaragua, Cuba o Colombia o Argentina o Angola según las respectivas alianzas: a unos les enviaban los M16 norteamericanos, a otros las AK47 soviéticos), desplegaban los elementos de sus respectivas maquinarias estatales, políticas e ideológicas, digámoslo así, dentro del orbe occidental judeocristiano.

Era y es una racionalidad –la de la modernidad euroatlántica u occidental– para la cual, desde el siglo XVII en adelante desde la perspectiva científico-filosófica y desde el siglo XIX en adelante en términos ideológico-políticos, la cuestión de la religión y la teología habría quedado clausurada o desactivada mediante el doble expediente del predominio de la ciencia como canon de la razón por un lado y el de la separación de la Iglesia y el Estado en términos jurídico-políticos por el otro, quedando recluida la cuestión de la fe dentro del estricto ámbito privado y de la subjetividad tutelada por un Estado formalmente laico y volteriana y kantianamente tolerante de todo.  

Acaso haya sido esa suerte de profilaxis intelectual, histórica y filosófica, o esa falta –¿ya me entienden?– de teología y de geometría de los estados occidentales contemporáneos la razón por la cual nadie o casi nadie o muy pocos hayan tomado nota del hecho de que, cuando cayeron las Torres Gemelas de Nueva York aquél fatídico 11 de septiembre de 2001, en el mensaje que Osama Ben Laden envió y que dio la vuelta al mundo poco tiempo después haya hablado de la “tragedia de Al-Ándalus” como parte del argumentario de justificación y explicación del numerito que se montaron él y sus camaradas de Al Qaeda, desplazando  las cosas históricamente ni más ni menos que al punto en el que tuvo lugar, efectivamente, la tragedia en cuestión: enero de 1492, caída de Granada y fin de la llamada reconquista española. Lo que a su vez demarcaba un arco o ciclo temporal multisecular que lo remontaba todo al siglo VIII ni más ni menos –digámoslo una vez más–, cuando tuvieron lugar las invasiones islámicas al occidente judeocristiano, greco-helenístico y latino-romano y que fueron estudiadas por Henri Pirenne en Historia de Europa. Desde las invasiones hasta el siglo XVI Mahoma y Carlomagno.

El último título es clave: se trataría de plantear la tesis de que el problema fundamental, según el mensaje de Ben Laden, no estaba y acaso no esté dándose en los términos de la economía política pero tampoco en los de la cultura según el antagonismo entre Bad Bunny contra Kid Rock que hemos comentado aquí mismo hace dos semanas.

O por lo menos no exclusivamente, porque el enfrentamiento fundamental entonces, vale decir civilizatorio, es el desplegado en función de la dialéctica entre Mahoma y su herencia, legado e intérpretes, ya sean sunnitas o chiitas principalmente, y Carlomagno y su herencia, legado e intérpretes en tanto que vector franco-germánico del que se derivaría la Europa cristiana que conocemos en su frente germánico luterano, a lo que habría que añadir –honor a quien honor merece– a Alfonso II, fundador de la ciudad de Oviedo en 812 como sede regia y catedralicia del Reino de Asturias en tanto que vector hispánico de esa Europa cristiana en su frente católico ignaciano, que es el que llega hasta nosotros los hispanoamericanos a partir de octubre de 1492 previo trámite de recuperación completa, en enero de ese mismo año efectivamente y luego de 800 años de dominación, de las tierras ibéricas en manos hasta entonces de los musulmanas en su último reducto de Granada, las llaves de la cual hubo de entregar resignado el rey Boabdill a los Reyes Católicos Isabel y Fernando en un acto que Osama Ben Laden y los suyos no olvidaron y no olvidan no señor.      

Vamos a ponerlo en otras palabras y en resumidas cuentas: el verdadero antagonismo que estamos analizando y nos convoca es entre la macro-plataforma cristiana –es decir Occidente– según sus tres bloques de despliegue –el ruso ortodoxo hacia el este (Moscú), el germánico luterano en la Europa central (Alemania) y el hispánico-americano ignaciano hacia el extremo occidente que es la América hispana– y la macro-plataforma islámica con Israel y el judaísmo entre medio. Y eso es precisamente lo que está en juego como uno de los criterios determinantes del delicado y dramático conflicto en Oriente Medio y del que la guerra entre Irán y Estados Unidos de estos momentos es episodio decisivo.  

La divergencia o antagonismo estructural tiene por lo menos dos aspectos fundamentales, uno teológico y otro cultural. Teológicamente, por ser el islam más fiel al aristotelismo a través de Averroes, es una religión de monoteísmo absoluto e incorporeísta, mientras que, gracias a Santo Tomás, el cristianismo, por trinitario, es pluralista, además de que por el dogma de la encarnación es corporeísta: por eso la inmolación es posible en el mundo islámico pero imposible en el mundo cristiano occidental (el musulmán se inmola porque el cuerpo es despreciable). Culturalmente, el islam es una civilización polígama y el cristianismo es monógamo (es una obviedad decirlo, pero a estas alturas tal vez no esté de más recordarlo), además de que en el islam la mujer tiene una posición de sometimiento y sobajamiento intolerable en el occidente cristiano (otra obviedad que tampoco sobra recordar).

Hemos de ser conscientes, claro está, del hecho de que, al igual que el cristianismo, que no es un bloque unívoco sino plural e internamente diverso según congregaciones, ramas y escuelas teológicas (los jesuitas, por ejemplo, mexicanizaron el catolicismo mientras que los franciscanos querían cristianizar a los indígenas según explica Robert Ricard en La conquista espiritual de México), lo mismo ocurre con el islam, sobre todo en función del antagonismo interno fundamental entre la rama chiita, mayoritaria en Irán, y la sunni, mayoritaria en Arabia Saudita, de lo que se deriva el enfrentamiento a muerte entre persas y sauditas hasta el día de hoy y la correspondiente alianza geoestratégica entre Estados Unidos con los segundos.

Otro de los criterios del conflicto, desde luego y qué duda cabe, es el económico. Lo que nos permite inducir como posible lógica secuencial de Estados Unidos el hecho de que primero tuvo que habese garantizado el control del petróleo venezolano para luego ejecutar las operaciones contra Irán, que traerían como consecuencia el cierre del estrecho de Ormuz con graves afectaciones en la geopolítica del petróleo a nivel global tal como efectivamente ha comenzado a suceder.

Digo todo esto para introducir más criterios, planos y variables al análisis sobre una de las polémicas más intensas y longevas de la historia, que adolece terriblemente del maniqueísmo reduccionista más escandaloso según el cual Palestina representa algo así como el summum cualitativo del martirio y el victimismo de la Historia, y causa de todas las causas defendibles y por defender de todos los tiempos por venir, e Israel, el sionismo y su aliado principal, Estados Unidos, su opuesto, como grado máximo del mal absoluto del mundo y causa de todas las causas de todos los males, también, de la Historia y de todos los tiempos por venir.

No veo las cosas tan sencillas ni tan simples, y puede resultar que semejante postura y semejante maniqueísmo es un ejemplo claro de lo mucho que nos falta un poco más de teología y de geometría.

* Director General del ILCE, y creador del Espacio Cultural San Lázaro de la Cámara de Diputados y coordinador de los programas de formación política para jóvenes en México del MORENA.