Cultura Política y Conciencia Nacional. Por Elio Noé Salcedo
“Los Argentinos están muy politizados, pero tienen poca cultura política”
Juan Domingo Perón
Si lo que decía el general Perón respecto a politización y cultura política sucedía en tiempos en los que todavía la política conservaba su prestigio como actividad pública, dicho juicio estaba referido a los integrantes de un país que se auto percibía como de apreciable cultura general.
Ahora bien, ¿es lo mismo cultura general que cultura política? ¿Es lo mismo conocer que comprender? ¿Los argentinos estábamos muy politizados, pero éramos de poca cultura política? ¿La cultura política no forma parte de la cultura general? ¿Puede alguien tener cultura general y no tener cultura política o viceversa? ¿La cultura es universal? ¿Lo es la cultura política? ¿La Ciencia Política es o puede ser universal? ¿Qué es lo “universal”? ¿Cómo se pueden sustantivar cultura e identidad internacional o universal? ¿Cómo se objetiviza la “cultura universal” (o globalización de la cultura) sino con dependencia intelectual y/o colonización mental? ¿En qué medida la colonización pedagógica y cultural y la globalización (universalización, internacionalización) atentan contra la posibilidad de formar una verdadera Conciencia Nacional?
Comencemos por responder la pregunta más general para luego dar respuesta a las demás.
“La aparición de nuevos pueblos en la historia anuncia la renovación misma de la filosofía europea”, respondía Juan José Hernández Arregui en “¿Que es el ser nacional?” (1963).
Aunque esa renovación anunciaba a su vez la actualización del pensamiento y la cultura en general, de hecho, eso sucedía “desde aquí –desde nuestra América- no desde Europa”, ni tampoco desde esa otra América (anglosajona) que no es la nuestra.
Ciertamente, renovar la cultura y el pensamiento desde el mismo Viejo Mundo no comporta ninguna novedad. Además,
“es imposible que un pueblo –el latinoamericano en este caso- se conciba a sí mismo a través de otras culturas”. Apelar a otras naciones o “copiar sus filosofías”, comporta “ancianidad prematura”, reflexionaba el mismo autor, o en su defecto, auto negación.
Una filosofía –un sistema de pensamiento- es la culminación de un proceso histórico y cultural, es decir, responde a un lugar, una época y circunstancias determinadas. Fuera del espacio y del tiempo, la filosofía, las ideas, el pensamiento, son solo abstracciones o racionalizaciones (cuando no excusas o relato abstracto) y no expresión subjetiva de una realidad objetiva, que es o debería ser la condición científica para que cualquier tipo de pensamiento sea útil y enriquecedor para la vida concreta.
Si América Latina no ha dado más, o no sigue dando más pensadores eminentes, no es porque sea estéril, no tenga o no pueda tener grandes talentos o no tenga nada que decir al mundo, sino porque la colonización cultural y pedagógica –aparte de la supeditación y dependencia económica que nos ha retaceado los medios- nos ha privado de la suficiente autoestima y nos ha convencido trágicamente de que ese pensamiento necesario ya existe, y de que es el de los países europeos o el de los países ahora más avanzados económica y tecnológicamente. Así se especula, que nuestra misión, tarea o destino no es pensar ni pensarnos, sino aprovechar lo que otros ya pensaron, piensan o pensarán por nosotros y de nosotros. Es el círculo vicioso de la colonización y dependencia pedagógica y cultural.
El error de las “capas intelectuales ajenadas a Europa” –afirmaba J. J. Hernández Arregui- es pensar nuestra realidad semicolonial
“a través de sistemas de pensamiento germinados en otros ámbitos históricos”, o sea, “la traducción del espíritu europeo a América”, como pretendía equivocadamente el Maestro de América en su tesis de “civilización y barbarie” de 1845.
Tal vez por ello se pretenda con tanta insistencia que aprendamos inglés o idiomas extranjeros, en lugar de aprender primero y bien los propios, que son el castellano y el portugués, principalmente, así como los idiomas originales principales de nuestra cultura nacional bilingüe y mestiza: el guaraní, el quichua, el náhuatl, el quiche y el mapudungun, araucano o mapuche (las lenguas vivas de nuestro pasado más lejano), de acuerdo al desarrollo en el tiempo de la cultura indo-ibero-afro-americana y criolla, cuya síntesis nos identifica, nos personaliza y nos representa como latinoamericanos.
¿Por qué razón deberíamos pensar nuestra realidad a través de un pensamiento propio?
He aquí algunas razones:
Porque los sistemas de pensamiento de las “naciones avanzadas”, que ya han cumplido un ciclo histórico, pero que a la vez responden a una situación y a una condición opuesta a la nuestra en el ajedrez geopolítico mundial,
“son inaplicables a una situación histórica divergente” como la nuestra, dada la contradicción insalvable entre países dominantes (avanzados, desarrollados, ricos, imperialistas, centrales) y países dominados (atrasados, empobrecidos, periféricos, coloniales o semicoloniales).
Porque adoptar el sistema de pensamiento de los países avanzados, dominantes, hegemónicos o imperialistas a la realidad de los países atrasados, dominados o semicolonizados, con los mismos presupuestos y paradigmas de ese mismo sistema de pensamiento,
“es carencia de sentido histórico”, o dicho de otra manera, resulta la negación de nuestra misma esencia y existencia como Nación en proceso de realización.
Tampoco se puede adoptar un sistema de pensamiento adoptado hace dos siglos, sin ningún resultado concretamente favorable para nosotros a la vista:
“La filosofía que interpele a Europa –o a los países hegemónicos de un orden mundial unilateral, injusto y arbitrario- debe ser latinoamericana”, propia de “la conciencia nacional de un pueblo”, del pueblo latinoamericano en su conjunto, que tiene su historia común y colectiva, sus genes mestizos (fruto de su herencia indígena, española, portuguesa, africana y de los europeos que emigraron a nuestro territorio en tiempos más cercanos) y, por tanto, una cultura nacional latinoamericana multifacética que nos identifica y nos une, genuinamente nuestra.
Porque no solo se trata de distintos o diferentes sistemas de pensamiento, sino de sistemas de pensamiento antagónicos, debido a las propias razones, condiciones y situaciones históricas. De hecho, una potencia europea usurpa nuestro territorio y otra de iguales raíces europeas pretende quedarse con todo lo nuestro.
Tampoco se puede transitar la existencia con ideas prestadas, ojos ajenos, oídos extraños, mentes enajenadas y todos los órganos y miembros trasplantados, porque como decía Hernández Arregui
“el aporte del pensamiento europeo (o de origen extranjero) debe asentirse, pero amoldado al entorno singular de estos países que aspiran tanto a la independencia económica como cultural, ecuaciones interdependientes de un proceso histórico único”, en el marco de un status igualitario en el concierto de las naciones.
Si América Latina y el Caribe no han dado más grandes pensadores, amén de que desconoce a los que tiene y su enriquecedor pensamiento, se debe a la vigencia de un marco de colonialismo cultural asfixiante, que lleva a la negación de nosotros mismos y a la muerte virtual de todo pensamiento original, responsabilidad de propios y extraños a la vez. El pensamiento no es un órgano pasible de trasplante, si o sí compatible con el paciente.
Es un despropósito o una impostura improcedente pensar lo de acá con categorías de allá. No obstante, si bien el pensamiento
“es la forma más excelsa y, a la vez, la más alusiva de la conciencia nacional de un pueblo”, América Latina carece hoy por hoy -debido principalmente a una letal “colonización pedagógica”- de una vívida conciencia nacional que, salvo excepciones, se encuentra dormida o adormecida, sobre todo en el ámbito de la educación, donde debería cultivarse, potenciarse y prodigarse en la formación de sus educandos y en la generación de conocimientos que vengan de la propia realidad de nuestros pueblos y de nuestra historia común con quinientos años de existencia, y no de los “laboratorios de ideas” internacionales contemporáneos.
Finalmente, los sistemas de pensamiento, aparte de responder mejor y más eficientemente a determinados momentos, lugares y circunstancias, también envejecen y se vuelven obsoletos: tienen una vida útil; y Europa, e incluso Estados Unidos que es más joven que Europa, han sido responsables de millones de muertos en sus guerras imperialistas, y en tiempos de paz, como en la pandemia, no han sabido enfrentar sabia y lúcidamente el letal flagelo sanitario, por lo que no representan los mejores ejemplos ni los mejores socios para transitar “una cultura de paz”, que tampoco han respetado nunca ni respetan en el mundo ni en Latinoamérica.
En última instancia, no se puede pensar la realidad ni pasar la vida o la existencia con un sistema de pensamiento ajeno, prestado o “universal”, porque además de no sernos útil para lo que lo queremos o necesitamos aquí y ahora, dicho sistema de pensamiento no puede ocultarnos eternamente nuestra propia verdad ni quitarnos nuestra voluntad, esencia e identidad nacional -una verdadera y profunda conciencia nacional-, so pena de no ser lo que debemos ser (como nos aconsejaba el general San Martín desde su exilio eterno), porque, de no ser nosotros mismos como individuos, como sociedad, como país y como Continente-Nación, terminaremos siendo Nada…
En definitiva, “Conciencia Nacional” es una categoría que el “pensamiento nacional latinoamericano” ha consagrado como tal, y en un lugar preponderante sino prioritario, como condición sine qua non para la creación y/o generación de una “Epistemología de la Periferia” -como reclamaba Fermín Chávez-, con sus categorías, hipótesis, modelos y teorías, en el marco y contexto de nuestra realidad de “País Semicolonial” y “Nación Inconclusa”, dos categorías importantes también, que el pensamiento nacional ha sumado y/o debería sumar a la consideración de una nueva epistemología o ciencia del pensar propio nacional latinoamericano. Ella da cuenta tanto de la “politización” como de la “cultura política” de los argentinos, no habiendo desde el punto de vista del “pensamiento nacional” una contradicción de fondo entre ambos términos y conceptos.
Por eso y para eso, deberíamos comenzar por conocer y comprender nuestra propia historia, pues como decía el filósofo, ¡conócete a ti mismo y conocerás el universo!, y para ello tal vez debamos volver sobre nuestros pasos y encontrarnos con las vertientes más importantes del pensamiento nacional que nos antecede, con el fin derestituir nuestra conciencia política, hoy difusa y alejada de nuestras raíces y prioridades nacionales.
De allí la necesidad de volver sobre nuestros pasos y rescatar, aún con todas las contradicciones de todo pensamiento genuino y legítimo, el pensamiento
de Manuel Ugarte y la Generación del 900,
de Saúl Taborda, Deodoro Roca y la Generación de 1918,
del Revisionismo Histórico en todas sus variantes,
de FORJA, Arturo Jaurtche y Raúl Scalabrini Ortiz,
del Gral. Perón y el Nacionalismo Popular,
de Jorge Abelardo Ramos y la Izquierda Nacional,
de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, con sus Teologías latinoamericanas de la Liberación y del Pueblo.
Tal vez en esas vertientes fundamentales y sus “grandes verdades” (como las definía el Gral. Perón y lo reconoce el pensamiento nacional en general), podamos encontrar las bases y claves de nuestra idiosincrasia, identidad histórica y “conciencia nacional”, y restablecer en forma plena nuestra vida histórica en cuerpo y espíritu.
