Marxismo para Latinoamericanos

Por Jorge Abelardo Ramos

Compañeros:

A pesar que estamos viviendo un crítico episodio de la Revolución boliviana, en el marco del drama de América Latina, mi exposición de esta tarde no se propone poner el acento en los factores emotivos que habitualmente sustituyen el análisis. Por el contrario, me propongo hacer una exposición reflexiva, destinada a poner de relieve la importancia del marxismo como un instrumento necesario, imprescindible, para conocer antes de actuar. Comencemos por decir que si es necesario reiterar algunos de sus principios esenciales para inteligir los procesos políticos vivos es justamente porque nosotros, los latinoamericanos, todavía somos coloniales. Pero no somos coloniales pura y exclusivamente por la subordinación económica que se refleja en los cuadros estadísticos de los minerales, haciendas o frutos naturales que exportan nuestras economías unilaterales. En este caso somos coloniales porque también hemos asumido las doctrinas revolucionarias bajo la forma de otra dependencia. De este modo, debemos decir que el marxismo como teoría y práctica de la liberación debe ser liberado, a su vez, y los emancipadores deben emanciparse.

La grande Europa nos envió entre los variados productos de su ingenio, su mayor proeza intelectual: nos envió el pensamiento marxista. Pero lo recibimos como un producto terminado y así lo adoptamos, sin adaptarlo a nuestras particulares condiciones históricas y sociales. De ahí que sea necesario, en consecuencia, reconquistar el marxismo para los latinoamericanos. Por eso se impone emancipar al marxismo de la tutela europea que le imprimió históricamente su sello, para que pueda cumplir su papel de doctrina emancipadora. Naturalmente, esa tarea no es algo abstracto, sino que se vincula con los problemas ardientes que nos rodean aquí, en Bolivia y en América Latina. Cuando una doctrina se transmuta en actos aparece la política. Y la política es la única actividad productiva nacional que el imperialismo ha dejado a los Latinoamericanos, porque se ha reservado para sí mismo todas las restantes. La política domina la vida latinoamericana, justamente porque es el resultado de su atraso histórico, atraso que empuja hacia la política a inmensos sectores de la población, conscientes de que sólo ella puede poner fin a ese atraso. Cuando hablo de política, naturalmente me estoy refiriendo a la síntesis general de toda la actividad social y, en América  Latina, a  la  política  revolucionaria.  Es obvio que  para hacer  política  revolucionaria  el  marxismo se  revela  como  el factor civilizador por excelencia.

Por el contrario, cuando el atraso latinoamericano promueve a la acción pública al nacionalismo, las debilidades de este último se ponen de manifiesto en aquellos casos en que la política nacionalista aspira a reproducir las condiciones históricas del desarrollo capitalista burgués europeo en las condiciones de atraso latinoamericano, e intenta a veces formular la hipótesis de que, de la misma manera que en Europa el capitalismo logró consolidarse como régimen económico y social, también entre nosotros y en nuestra época las revoluciones nacionales o populares que se producen podrían instaurar los puntos de partida de un capitalismo análogo al europeo, capaz de ofrecernos a los latinoamericanos las mismas ventajas que el capitalismo europeo ofreció al viejo mundo en los últimos siglos. Como resultado de esta perspectiva profundamente errónea, los teóricos del nacionalismo tienden a someterse, por su parte, a los criterios sociológicos y económicos de corte tecnocrático, que el propio imperialismo ha forjado para imbuir de ilusiones las reivindicaciones nacionales de nuestros pueblos. Por esa razón aparecen frecuentemente en los regímenes nacionales y populares de la América Latina criterios «desarrollistas» y expertos internacionales generalmente más diestros en su autodesarrollo que en el desarrollo inicial.

Conviene, pues, retornar a los puntos de vista del marxismo en la medida en que el marxismo enseña -o debería enseñar- a pensar con precisión, si es que hablamos de un marxismo genuino, vivo y en desenvolvimiento, no concluido, y nutrido de la realidad específica de América Latina. Pero al mismo tiempo es necesario tomar distancia ante el peligro de su sacralización, y de un respeto servil que impida justamente lograr lo que el marxismo se propone: la independencia, la soberanía espiritual y social del pueblo latinoamericano y de la humanidad en general. Recordemos que Marx fue un europeo genial, pero europeo al fin, condicionado por el estado de los conocimientos, los códigos éticos, los prejuicios de su época y la cultura general de la Europa del siglo xix. Nosotros no podríamos seguir a Marx en todo cuanto escribió y pensó a lo largo de su vida prodigiosa. Naturalmente que no podríamos seguirlo, por ejemplo, en sus opiniones sobre Bolívar. Según se sabe, Marx juzgaba a Bolívar como un «miserable canalla» al que no podría compararse nunca con Napoleón I, -un militar que habría sido derrotado en todas las batallas que libró, salvo aquellas en que sus oficiales ingleses salvaron la suerte del combate-. Esa era la opinión de Marx, pero no es la nuestra. Marx opinó también, con cierta extensión, en sus estudios sobre la penetración británica en la India, que el capitalismo inglés del siglo xix, al destruir las viejas artesanías hindúes mediante la introducción del ferrocarril y los artículos manufacturados en Gran Bretaña, creaba las condiciones técnicas para la incorporación de la India a la producción capitalista. En otros términos, que la destrucción de la economía natural hindú, por la circulación de mercancías importadas, suponía el desarrollo del capitalismo hindú y no la anexión de la India al mercado mundial como provincia agraria colonial, que es lo que en realidad ocurrió.

Desgraciadamente, un siglo más tarde, tanto los estalinistas como algunos trotskistas llegaron a decir en América Latina que efectivamente la penetración del capital extranjero había resultado beneficiosa para la expansión del capitalismo y que, en consecuencia, fue progresiva. Resultaba así que el error de apreciación de Marx, que no había llegado a comprender las particularidades del capitalismo financiero (Marx murió en 1881, al comienzo de la década en que hace su aparición el imperialismo contemporáneo), iría a facilitar y  a justificar  la capitulación teórica y política de pseudomarxistas que carecían, después  de Lenin y Trotski, de toda justificación  para tales aberraciones.

Pues, en efecto, en tiempos de Marx parecía legítimo esperar que, en la carrera triunfal del capitalismo metropolitano europeo hacia los continentes periféricos, esa expansión de las fuerzas productivas originase la implantación del régimen de producción capitalista en todo el planeta y, a su vez, la formación de un proletariado mundial capaz de poner fin a la dominación de ese régimen. Pero cien años más tarde, a la luz de la experiencia china, rusa, cubana o europea, era totalmente evidente que se habían creado dos mundos históricos y sociales opuestos: los países opresores y los países oprimidos. Justificar “teóricamente” en el siglo XX la “progresividad” de la penetración extranjera-que en el siglo XIX era sólo un error de perspectiva- no es sino la justificación de la política imperialista que saquea a los pueblos débiles. Tampoco en este caso, como en su juicio acerca de Bolívar; podríamos coincidir con Marx. Las condiciones peculiares de su época permiten explicar; sin embargo, las causas que impidieron al genial pensador revolucionario percibir el verdadero papel que iría a desempeñar el imperialismo inglés en la sociedad hindú. Si bien es cierto que esa penetración aceleraba el crecimiento del capitalismo británico, ahogaba al capitalismo de la India. Si los ingleses destruían las milenarias artesanías de la India, no las reemplazaban por una moderna industria textil, metalúrgica o papelera instalada en suelo asiático, sino que abastecían ese gigantesco mercado por los productos terminados fabricados en Gran Bretaña. En esta relación dependiente, la India se constituía en un suplemento agrario de la industria británica, en la reserva de soldados coloniales como carne de cañón en las aventuras bélicas del Imperio y en el país trágico que hizo célebre la palabra “cipayo”

Consideremos ahora la juventud y envejecimiento del «Manifiesto Comunista ». El propio Marx ha enseñado que el pensamiento revolucionario «no se detiene ante nada», ni siquiera ante sus propias manifestaciones teóricas susceptibles de rectificación o enriquecimiento. El poder analítico del marxismo debe ser empleado también sobre las propias conquistas intelectuales del marxismo. Cuando leíamos de jóvenes el «Manifiesto Comunista » aprendimos una de sus frases más memorables: “los obreros no tienen patria”. ¿Pero esta frase revestía el mismo significado para nosotros, latinoamericanos, que para los europeos? No, por supuesto. Los obreros no tienen patria en aquellos países en que, como los del Viejo Mundo, se ha realizado hace mucho tiempo la revolución nacional burguesa; en aquellos países que constituyeron victoriosamente la nación, consolidaron sus fronteras, se emanciparon del pasado feuda l y alcanzaron los grados más altos de la civilización y la cultura. Justamente por esa razón, en esos países donde la burguesía realizó históricamente todos sus fines y estableció el régimen capitalista que ya ha comenzado su decadencia, la nación comienza a perder su justificación histórica, las fronteras se vuelven obstáculos para la expansión de las fuerzas productivas y la necesidad de los Estados Socialistas Unidos de Europa se acerca con fuerza inocultable para mantener y aumentar mediante el socialismo el progreso obtenido otrora por medio del capitalismo. En ese sentido, la patria ha dejado de ser para los obreros europeos una meta a defender, y es, por el contrario, el pretexto burgués para desatar guerras interimperialistas, o aplastar, si llega el caso, a la clase trabajadora.

¿Ocurre lo mismo en América Latina? ¿Es legítimo aplicar en suelo latinoamericano la famosa frase del «Manifiesto Comunista»? ¿Podemos decir que para los obreros de Bolivia, por ejemplo, la patria carece de importancia y es indiferente su defensa? Más rigurosamente, ¿Cuál es el enemigo de la patria en Bolivia y en América Latina?; ¿Quién amenaza su soberanía territorial, económica, política, cultural? Sabemos bien que ese enemigo es el imperialismo. De esto se deduce que negarse a defender la patria invocando el «Manifiesto Comunista» es aliarse con frases de izquierda con el imperialismo extranjero, que tampoco reconoce la idea de patria en los pueblos que desea dominar.

Invirtiendo el concepto podríamos decir que los obreros latinoamericanos carecen de patria -en el sentido de que el imperialismo se las ha usurpado-,y que se impone expulsar definitivamente al imperialismo para que los latinoamericanos readquieran su patria Porque en los países latinoamericanos, que son simples partes de una nación no constituida de la América bolivariana, la lucha por la unidad nacional es una lucha del presente, no algo que está en el pasado o en el porvenir. Para los trabajadores y las clases medias de la América Latina, la lucha por la unidad  de América Latina significa la lucha por la reconquista de la patria perdida, sólo posible por la  expulsión del imperialismo. Así podrán crearse las condiciones para el desenvolvimiento de una civilización y una cultura análogas o superiores a las obtenidas por la historia europea en los últimos siglos. De manera que, ideas que para los revolucionarios de las grandes naciones capitalistas revisten una importancia decisiva, resultan ser abiertamente contrarias a los intereses de la revolución en América Latina. Hechas estas precisiones, debemos recordar que la obra de Marx no ha pasado a la historia por la suma de sus errores, sino, por el contrario,

como un penetrante instrumento de análisis capaz de volverse críticamente hacia algunos aspectos de su  propio creador, involuntario homenaje de todos sus discípulos verdaderos. No es obvio señalar a este respecto que el propio Marx proporcionó los datos fundamentales para entender las relaciones entre las grandes potencias y las pequeñas naciones que aquéllas subyugan: ése fue el significado de sus observaciones acerca de Gran Bretaña e Irlanda, o de Rusia y Polonia. Según Marx, la cuestión no consistía en esperar que el proletariado inglés realizase su revolución socialista para que los irlandeses lograsen emanciparse del yugo inglés. Antes bien, advirtió que solamente cuando los trabajadores y patriotas de Irlanda se librasen de la Inglaterra imperialista podría el proletariado inglés adquirir la conciencia de clase que le faltaba. Despojada de su colonia tradicional, Inglaterra ya no podría corromper a sus obreros con las migajas del festín colonial. En ese caso, los trabajadores británicos perderían al fin las ilusiones imperialistas y los prejuicios patrióticos reaccionarios que alimentaban contra los explotados trabajadores irlandeses, y se moverían hacia la lucha contra su propia burguesía. De este modo, Marx enseñaba que la lucha nacional abría forzosamente la vía a la lucha socialista, se enlazaba con ella, y si era inevitable pasar por ella en los países dependientes, muchas veces era la palanca exterior para el socialismo en los países avanzados.

Tal criterio tendría una importancia definida en el pensamiento de su discípulo más notable. Fue Lenin precisamente  quien elaboró la política nacional del proletariado en los países atrasados. Pero como en el caso de Marx, las tesis de Lenin sobre la táctica revolucionaria en los países atrasados llegaron mal o no llegaron. En nuestras tradiciones políticas había prevalecido, con la complacencia del imperialismo, la leyenda de un Marx o un Lenin tan universal o europeo que nadie podía siquiera inferir de sus textos una interpretación  más o menos ajustada a la peculiar realidad latinoamericana. Del mismo modo, el pensamiento de los economistas burgueses fue seleccionado hábilmente por el imperialismo. Entre nosotros la influencia de Ada m Smith fue decisiva, pues las oligarquías exportadoras necesitaban tanto como el imperialismo de las doctrinas librecambistas. Alejandro Hamilton o Federico List, en cambio, teóricos del proteccionismo burgués, cuyas ideas mejor se adaptaban a las necesidades de sociedades jóvenes en las que apenas nacía un capitalismo incipiente, fueron descartados en las enseñanzas de las Universidades: era evidente que las oligarquías agrarias frenaban la formación de burguesías industriales y que la enseñanza universitaria, repleta de «moralistas», abogados, médicos, repetidores y filósofos reflejaban dócilmente a las clases dominantes antiindustriales de la semicolonia.

Resultaba imprescindible al imperialismo que los latinoamericanos fuésemos librecambistas y no proteccionistas; de la misma manera ,en el campo de las ideas supuestamente revolucionarias, los jóvenes eran educados en los conceptos puramente internacionalistas desprendidos del pensamiento de Marx o Lenin, pero no en aquellos textos de los maestros que podrían inducirnos a descubrir la peculiar relación entre metrópoli y colonia, y a desprender de ella todas las consecuencias políticas de la tragedia nacional de América Latina.

¡y bien! Sea por la vía directa del imperialismo, sea por conducto de la supuesta tradición ideológica  de  un marxismo  europeizado, el conjunto del pensamiento de izquierda latinoamericano fue deformado y adulterado, fue un pensamiento colonial y dependiente. Por esa razón, durante mucho tiempo se consideró la cuestión de las clases sociales en América Latina con los patrones de las sociedades europeas más evolucionadas. Y no voy a establecer aquí ninguna distinción entre las diversas corrientes socialistas, marxistas, rusófilas, trotskistas o chinófilas, sino a referirme en general a la tradición de izquierda que todavía hoy en América Latina ha inmovilizado el pensamiento marxista en categorías ultraizquierdistas puramente verbales y resecas, en completo olvido de la médula de las ideas de Lenin. Esta situación, bien lo sabemos, ha acarreado consecuencias trágicas al movimiento revolucionario. Una glorificación neosoreliana de la violencia abstracta ha sustituido al pensamiento y la acción leninistas. El pensamiento mágico, fosilizado en fórmulas técnicas excluyentes, remplaza aquí a la reflexión  política.

Sólo recordaré, compañeras y compañeros, que el concepto central de Lenin con respecto a la cuestión nacional era éste: «¿Cuál es la idea más importante y fundamental de nuestras tesis? -decía- . La distinción entre pueblos oprimidos y pueblos opresores. Subrayamos esta distinción en oposición a la “Internacional y a la democracia burguesa”.

Obsérvese bien1 Lenin dividía al mundo contemporáneo en naciones oprimidas y naciones opresoras, no sólo entre burguesía y proletariado, sino también entre grupos de naciones diferentes1  clasificados por diversos niveles de desenvolvimiento histórico y social. Entre ese apéndice del Asia llamado Europa, brillante y refinado y que contaba con las primicias de la civilización, y el resto del mundo colonial y semicolonial, se abría un abismo económico, cultural y social. Estos últimos eran atrasados porque los europeos eran civilizados. La civilización de Europa se fundaba en el atraso del resto del globo. En consecuencia, los marxistas debían comprender que el antagonismo de clase puro, tipico en los países avanzados, tendía a disminuir en los países atrasados, precisamente porque el imperialismo había impedido su pleno desenvolvimiento y la aparición de clases perfectamente diferenciadas y opuestas, según el modelo ofrecido por el capitalismo analizado por Marx en El Capital. Esto significaba que en las luchas políticas del siglo xx se introducían problemas que Europa había solucionado en los siglos XVII, XVIII y XIX, pero que permanecían actuales para los pueblos coloniales de nuestra época. Esto no significaba que estos pueblos tuviesen que resolver pura y simplemente problemas de tipo nacional, como la unidad del Estado, la situación semiservil del indígena y la cuestión agraria. Significaba que, si estos problemas de la sociedad precapitalista debían ser resueltos a fondo sólo por el socialismo y por el proletariado a la cabeza de las masas populares, no era menos cierto que la magnitud numérica del proletariado en los países atrasados -entre otras razones- obligaba a los verdaderos militantes marxistas a considerar, en primer plano, las formas políticas de una acción tendiente a unir bajo la conducción de la clase obrera a todas las clases no proletarias en torno a banderas nacionales, incluyendo también a parte de las fuerzas armadas y de la pequeña burguesía comercial o industrial, aplastada por el imperialismo extranjero. En los países atrasados, en fin, existía la lucha de clases y la lucha nacional. Este punto de vista fue subrayado repetidas veces por Lenin para que los marxistas de los pueblos coloniales supiesen establecer las diferencias tácticas necesarias en sus respectivas luchas contra el imperialismo extranjero.

León Trotsky, el organizador del Ejército Rojo, que tuvo la oportunidad de conocer América Latina en sus últimos años, antes de ser asesinado en México por un agente de la policía política de Stalin, escribió lo siguiente: “El imperialismo sólo puede existir porque hay naciones atrasadas en nuestro planeta, países coloniales y semicoloniales. La lucha de estos pueblos oprimidos por la unidad y la independencia nacional tiene un doble carácter progresivo. Pues por un lado prepara condiciones favorables de desarrollo para su propio uso, y por otro asesta rudos golpes al imperialismo. De donde se deduce en parte que, en una guerra entre la República democrática imperialista “civilizada” y la monarquía bárbara y atrasada de un país colonial, los socialistas deben estar enteramente del lado del país oprimido a pesar de ser monárquico, y en contra del país opresor por muy democrático que sea”. A pesar de ser el verdugo de la Revolución Rusa, Stalin escribió, bajo la directa inspiración de Lenin, un librito muy interesante y que se puede leer con provecho. Stalin también fue un revolucionario en sus comienzos y el trabajo que comento así lo prueba. Se titula El marxismo y la cuestión nacional y colonial. Coincidiendo con el pensamiento de Trotski que acabo de leer, dice Stalin: «La lucha de los comerciantes e intelectuales egipcios por la independencia de Egipto es, por las mismas causas, una lucha objetivamente revolucionaria, a pesar del origen burgués y la condición burguesa de los líderes del movimiento nacional egipcio y a pesar de que están en contra del socialismo. En cambio, la lucha del gobierno laborista inglés por mantener la situación de dependencia de Egipto, es, por las mismas causas, una lucha reaccionaria, a pesar del origen proletario y de la condición proletaria de los miembros de ese gobierno y de que son partidarios del socialismo.» Y agrega Stalin: «Lenin tiene razón cuando dice que el movimiento nacional de los países oprimidos no se debe valorar desde el punto de vista de la democracia formal sino desde el punto de vista de los resultados prácticos dentro del balance general de la lucha contra el imperialismo.»

Stalin quiere decir que carecen de importancia las formas externas (por ejemplo que la lucha nacional la lleve a cabo un rey o un general). La cuestión debe juzgarse a la luz del enfrentamiento leal de un país colonial determinado con el imperialismo extranjero que lo oprime. Si un monje medieval nacionaliza la Gulf estamos con el monje medieval y no con un izquierdista que afirma que es preciso esperar a que llegue el socialismo para nacionalizar la Gulf. Ahora bien, nosotros estamos resueltos a aprovechar de Occidente todo lo que Occidente pueda ofrecernos. En primer lugar, la lengua castellana, que es lo único o lo más importante que nos dejó España. Pero esta herencia es preciosa, porque al fin y al cabo estamos usando un instrumento de conocimiento de Occidente, que nos coloca para liberarnos en una situación mejor que aquella en que los holandeses colocaron a Indonesia después de cuatro siglos de explotación colonial.

La civilizada Holanda impidió que la lengua holandesa se generalizase entre los 100 millones de habitantes de Indonesia. Era sólo la lengua de los amos extranjeros y los capataces. Confinaron a la población nativa al empleo de la lengua popular tradicional, el malayo. Pero al mismo tiempo no crearon -e impidieron que se crease- una estructura educacional y una vida cultural capaz de elevar al malayo a la creación de una literatura nacional, y a su enriquecimiento con los vocablos nacidos del desarrollo científico y tecnológico de los últimos cuatro siglos. Esta deliberada reducción a la barbarie nos fue evitada a los latinoamericanos por España. Esto nos debe permitir, asimismo, aceptar o rechazar libremente, según lo dicten nuestros intereses nacionales, cuanto Occidente desee enviarnos. Cuando los guerrilleros indonesios expulsaron del suelo natal en 1945 a los vampiros de Holanda, los gobernantes nacionalistas debieron introducir por primera vez a la lengua malaya las palabras «automóvil», «átomo», «tecnología » y muchas otras. Nosotros, los latinoamericanos, no necesitamos introducir a nuestra lengua castellana vocablos nuevos, sino redefinir los que ya conocemos y propagar el castellano hacia aquellos núcleos del pueblo latinoamericano que aún no lo habla y escribe. Debemos redefinir las palabras decía, pues ellas pueden ser armas que nos liberen de la esclavitud. Así, nos resistimos a aceptar los juicios de Marx sobre Bolívar o algunas de las opiniones de Trotski o Engels sobre la América del Sur. Ustedes saben que existe en español una edición de las obras completas de Lenin, de origen soviético. Las ediciones soviéticas tienen la maravillosa cualidad de cambiar constantemente, evitando el hastío y modificando sin cesar la visión del pasado histórico. La historia deja de ser así algo rutinario y verdadero, para transmutarse en leyenda o poesía, según sea la camarilla que en ese momento gobierna en la Unión Soviética. En el caso de Lenin, la última edición permite leer textos antes omitidos, pero sobre todo advertir en sus índices analíticos que el gran revolucionario (primero convertido en objeto de culto y luego enterrado bajo la mole de cuarenta volúmenes, que es una nueva manera de volverlo un autor inédito) se había referido en toda su vida sólo unas cinco o seis veces a los países de América del Sur. Si se examinan más de cerca las referencias, se verá que las observaciones de Lenin acerca de nuestros países son generalmente menciones en columnas estadísticas. Pues Lenin, según es bien sabido, consagró todos sus esfuerzos al estudio de la realidad de Rusia y esa es la mejor lección que podemos extraer de su obra impar: que los latinoamericanos estudien Latinoamérica y redefinan los términos de la ideología del marxismo a la luz de su propia realidad. En cuanto a Trotsky, en su Historia de la Revolución Rusa, dice que «las revoluciones crónicas de las repúblicas latinoamericanas nada tienen que ver con la revolución permanente. En cierto sentido, constituyen su antítesis».

¡Son asonadas vagamente tribales, o neurosis propias de las tierras calientes! Nosotros, naturalmente, rechazamos este juicio, e intentamos librarnos de los errores de los grandes  maestros del socialismo  para aprovechar  tan sólo sus históricos aciertos. Si el marxismo es la culminación suprema de toda la cultura de Occidente, debemos apoderarnos críticamente de él y convertirlo en un instrumento idóneo de nuestra propia liberación. Pero no lo deseamos en modo alguno para remachar nuestra dependencia. Así hemos descubierto que muchos de los grandes problemas aparecidos en América Latina después de 1930 no estaban respondidos en los textos sagrados. Y como no lo estaban, los izquierdistas tradicionales de cualquiera de las vertientes conocidas no se aventuraban por la «tierra incógnita » de la realidad y de la historia viva cotidiana. Como doctores de la Iglesia, se aferraban a ciertas frases de los maestros para inmovilizar la historia, para cristalizarla y para no incurrir en heterodoxia. Naturalmente, esto hace que la historia discurra al margen de sus aforismos viejos y polvorientos, y nos muestre formas nuevas, inesperados saltos y cambios bruscos.

Debemos internarnos, en consecuencia, en esa tierra incógnita y esforzarnos por descubrir, nosotros, los marxistas, mediante las categorías de Marx, cuál es la verdadera estructura de clases en América Latina, cuáles son sus sectores vivos y constituyentes, y cuáles son los deberes políticos prácticos que los revolucionarios debemos adoptar ante estas variantes sorprendentes de una realidad que no está, por fortuna, cristalizada ni inerte, sino que es una realidad nacida de una historia en realización. Cuando el año antepasado se produjeron en Europa las rebeliones estudiantiles, Europa entera rechinó sobre sus goznes y los editores se apresuraron a publicar todo género de interpretaciones sobre los movimientos estudiantiles. Todavía están viviendo de ese despertar y de esa movilización obrera. Tengan en cuenta que en Francia la última huelga con ocupación de fábricas se había producido en 1934, para no hablar de Holanda, cuya última huelga general fue en 1903. Fíjense ustedes si podemos asimilar miméticamente la situación de América Latina con la de Europa. Nosotros, precisamente por nuestro atraso, estamos en la avanzada revolucionaria y la nuestra es una historia en movimiento.

Pero nuestra dependencia  asume rasgos tan grotescos, que desde  1968 proliferaron en América  Latina izquierdistas, profesores y hasta «marxistas» que se quejan entre nosotros de los males de la «sociedad de consumo». Estos papagayos del trópico, enfermos de literatura francesa, ignoran todavía que si los estudiantes de París combatían contra la «sociedad de consumo», los estudiantes y obreros de América Latina luchan por ella, pues es el subconsumo nuestro flagelo. ¡No estamos hartos de consumir sino de no consumir!

Marx había sostenido que el desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo puro que él estudiaba en las condiciones de la Inglaterra victoriana, debían, necesariamente, llevar a la polarización de la riqueza en un extremo y a la pauperización incesante de la clase obrera en el otro extremo. Además, el empobrecimiento creciente de la clase media le destinaba a incorporarse al reducido núcleo de plutócratas en una sociedad altamente desarrollada, o disolverse en la masa de los desposeídos situada en el otro polo social. Llegado cierto punto del desenvolvimiento de las fuerzas productivas, la masa de los desposeídos y pauperizados, de los proletarios, de los expropiados, expropiaría a los expropiadores. En consecuencia, el conjunto de la sociedad, que había llegado hasta un alto nivel de evolución tecnológica y científica, debía limitarse a expropiar un reducido número de magnates, socializar los medios de producción y de cambio, e instaurar la dictadura del proletariado como régimen de transición hacia el socialismo. Como ustedes ven, esta perspectiva de que la revolución iba a brotar en los centros del capitalismo más desarrollado del planeta, esa perspectiva de Karl Marx, no se verificó. Por el contrario: las revoluciones del siglo xx no estallaron en los centros altamente civilizados, sino que se produjeron en los centros marcadamente incivilizados. No estallaron en la Europa burguesa, barra y refinada, sino que se manifestaron en las márgenes del planeta, en los pueblos sin historia. Estallaron en los focos de la barbarie y no en los focos de la civilización. Esa es la historia de todas las revoluciones ocurridas desde la Revolución Rusa de 1917. Se trata de un tema que1 como ustedes saben, no ha sido objeto de las meditaciones de los marxistas latinoamericanos. De los europeos no hablo, pues Europa, a este respecto, es un inmenso cementerio teórico. Hablo de lo que nos concierne directamente. Es curioso comprobar que los marxistas latinoamericanos no han reflexionado acerca del hecho de que las previsiones estratégicas de Marx no se realizaron allí donde él había fijado su ojo genial, sino allí donde él suponía que el socialismo sería la consecuencia incruenta del triunfo revolucionario de la Europa civilizada, capaz de arrastrar por su solo ejemplo hacia el nuevo orden social a las antiguas colonias y semicolonias. Éstas llegarían al socialismo, sin pasar por los dolores del capitalismo según la esperanza de Marx. Nada de eso ocurrió. La Revolución Rusa estalló, en opinión de Lenin en el eslabón más débil de la cadena imperialista mundial, es decir, en el imperio de los zares1 esa especie de monstruosidad prediluviana que sobrevivía todavía en las primeras dos décadas de este siglo; esa cárcel de pueblos donde el Jefe del Estado era al mismo tiempo jefe de la Iglesia Ortodoxa, numen de la Policía Secreta y, simultáneamente, un idiota clínico.

Pero si alguien pudiera haber quedado estupefacto ante el triunfo de la revolución en el imperio zarista, ese alguien sería Marx, porque la Rusia bizantina de 1917 era todo lo contrario del modelo de desenvolvimiento tecnológico, cultural y civilizado que según los maestros del socialismo debía ser el prerrequisito material de toda revolución socialista Se había roto el eslabón del capitalismo justamente en las fronteras entre Asia y Europa, esto es, en la sociedad cosaca apenas bañada por la Ilustración.

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