Democracia esencial y reconstrucción de la Patria en Manuel Ugarte
Por Elio Noé Salcedo
En su libro “La reconstrucción de Hispanoamérica” (1950), que escribiera luego de haber sido embajador en México del presidente Perón (1946 – 1950) y un año antes de su muerte, Manuel Ugarte explicaba, a tono con la revolución nacional que se vivía en la Argentina: “En Iberoamérica se ha hablado sin tregua de las doctrinas políticas y de los métodos electorales alrededor de los cuales se agita la ambición de los hombres y el apetito de los partidos; pero pocos se ocuparon de valorizar las energías nacionales o de preservar la esencia fundamental de la Patria”.
Para Ugarte, “por encima del verbalismo” y para “operar sobre bases sólidas”, se imponía “un estricto aforo de lo que contiene la palabra democracia, visiblemente desviada de su significación cabal”, y exponía “el uso y el abuso” que se había hecho de ella en la “década infame” (democracia fraudulenta, contubernio, privilegios y desigualdades sociales aberrantes), y que según su entender obligaba “a expurgarla de escoria y parásitos, para restablecerla en su severa dignidad”.
En efecto, de nada servía ni sirve un sistema de división de poderes y de elecciones permanentes si la Nación no exhibe signos vitales normales y el pueblo es abandonado a su suerte; o, destruido el Estado, como se viene haciendo en nuestros días, el país se convierte en una colonia, un satélite, factoría, territorio ocupado o protectorado de alguna potencia extranjera. Entonces ¿de qué valen las formas democráticas?
Una democracia esencial
“No hay que confundir, pues, a la democracia con la especulación demagógica. La verdadera democracia consiste en servir al pueblo y no en servirse de él”, pregonaba Ugarte.
Esa democracia que Ugarte auspiciaba y que el peronismo de su época estaba llevando a cabo, “reside en principios, no en los procedimientos”, afirmaba. “Lo esencial no es que el poder parezca de todos, sino que sea en realidad para todos. El primer imperativo es el destino permanente de la colectividad y la felicidad de los individuos. El gobierno es un servidor de la Nación en su síntesis suprema de extensión y perdurabilidad”.
“Una tendencia superficial -explicaba Ugarte- nos hizo suponer que la democracia reside en candidatos designados por la burocracia de cada partido, consagrados en elecciones a menudo fraudulentas (o digitadas) y preocupados en todo momento por su reelección”.
“La esencia de la democracia-sintetizaba- radica en el compromiso de que, a igualdad de capacidades, todos los ciudadanos tendrán acceso a todas las situaciones, y de que siendo la finalidad perseguida el bien general, se ha de encarar la vida colectivamente para impedir que la nación pueda ser utilizada para provecho o capricho de un jefe o de un grupo”.
“La obsesión de este juego -proseguía el escritor, político e intelectual socialista y nacional- hizo descuidar la tarea fundamental de valorizar la riqueza nacional, de resolver los problemas esenciales y, lo que es más graves aún, hizo abandonar a fuerzas extrañas toda iniciativa creadora”. Parecen palabras escritas hoy.
Hasta ocurrió a menudo, que “la ideología de segunda mano con que nos obsequiaban (y eso pasó hasta ayer y pasa hoy en forma escandalosa) no correspondió a las necesidades especiales de nuestra situación y el cambio solo favoreció los intereses de una potencia extraña…”. Porque, “en realidad y en esencia -puntualizaba Ugarte-, hasta el advenimiento de Perón, Iberoamérica tuvo a partir del período que evocamos las situaciones que Inglaterra y Estados Unidos hicieron viables”.
“La mejor manera de defender la democracia auténtica ha de consistir -reafirmaba- en sanear el ambiente, adoptando nuevos métodos, ofreciendo programas tangibles, realidades útiles, sinceras reformas francamente revolucionarias que rompan con el preceptismo libresco y entren realmente en la vida”. Ese “preceptismo libresco y extranjerizante” desgraciadamente todavía rige en nuestras vidas, en nuestra economía, en nuestra cultura y en nuestras universidades.
Algunas prevenciones
“Algunos creen que basta decretar la abolición de los partidos políticos para acabar con la política (o identifican la política con una “casta” abstracta). Ese procedimiento solo sirve para entregar el monopolio de la política a un número limitado de ciudadanos (tal cual sucede hoy, lo que no significa dejar de ver el déficit actual de la política argentina desde hace ya un largo tiempo y sobre todo a partir de la muerte del general Perón).
“Se agrava el mal al convertirlo en privilegio. La tan mentada “apolítica” no es más que una forma de política más aviesa que la anterior”, denunciaba, adelantándose a nuestros días.
Lógicamente no se puede concebir una democracia, menos una democracia esencial como la llamaba Manuel Ugarte, sin la existencia de la misma Patria. Por esa razón, recuperar la democracia implica comenzar por recuperar la propia Patria en sus aspectos fundamentales, aparte de no existir ya sino solo en los papeles la tan mentada división de poderes, supuestamente independientes uno del otro.
De hecho, describía Ugarte en referencia a la famosa “década infame”, prefigurando el presente, “en lo que se refiere a la gestión interior cometió también cuantas imprudencias pueden afectar la salud de un conjunto. Enajenó las riquezas del suelo y subsuelo. Aumentó desorbitadamente la deuda pública. Derrochó el tiempo en vanos debates ambiciosos. Entregó a los extraños la regulación de las funciones vitales”. Esos eran los factores que impedían e impiden una democracia esencial.
En cuanto a Inglaterra y Estados Unidos, “si ambas naciones favorecieron nuestra autonomía (en algún momento), fue, como después se hizo en Cuba(en la guerra contra España, 1895), para usufructuarla. Una concepción libresca de esa “libertad” que nunca supimos definir, consagró el salto virtual de un colonialismo a otro”.
Ahora sabemos que esa “libertad” consiste: a nivel interno, en “la ley del más fuerte” y en el “sálvese quien pueda”; y a nivel externo, en la libertad de endeudarse e hipotecar el país y de entregar lisa y llanamente los recursos naturales del país y el capital nacional (ahorro interno, tierras, mares, aire, bienes, servicios y desarrollo científico y tecnológico) al extranjero y, para colmo de males, esta vez sin contrapartida alguna.
Estamos en ese punto, habiendo abandonado las banderas de aquel peronismo histórico que le dio al país su segunda independencia (la independencia económica), la soberanía política y la justicia social integral, que todos los argentinos, sin excepciones, pudieron efectivamente disfrutar, pues, además de la deuda pública, desaparecieron por entonces la desocupación, la indigencia y la marginación, rémoras que la democracia formal y desafortunadamente insustancial desde 1983 a la fecha nunca pudo volver a erradicar como lo hizo el peronismo entre 1946 y 1955. “Por sus frutos la conoceréis”.
Todo lo que Ugarte describía como sucedido antes del peronismo histórico, volvió a suceder después de 1976, entrampando al movimiento nacional en una disyuntiva terrible: volver a ser el mismo (el de una revolución nacional en marcha) o dejar de ser; sin que pudiéramos evitar volver a caer en experiencias de un pasado que se creía superado, aunque esta vez a través de elecciones “libres” (bajo la trampa del ballotage), dentro de un país presuntamente “democrático”, quedando a las puertas de la misma “década infame” o, incluso, cien años más atrás. Algo no se hizo bien por parte nuestra para haber caído en la hondonada en la que nos encontramos.
Profecías de un futuro imposible
“Nada se opuso, por lo menos -profetizaba Ugarte hablando de aquel pasado-, a que el Estado, obrando como un particular en caso análogo, se reservase su parte, asociándose al negocio de las compañías concesionarias”, o a los negocios del capital financiero internacional.
“Nuestros dirigentes cedieron, en cambio, minas, bosques, yacimientos, cuanto brindaba la tierra pródiga, sin contrapeso alguno (¡solo vacías consignas “democráticas”!), llegando hasta considerar las enajenaciones (hoy el RIGI y la adquisición de nueva deuda pública) como factores de progreso y civilización”.
“Después de entregar las materias primas y los recursos fundamentales -proseguía Ugarte aquella descripción que el mismo Aldous Huxley habría envidiado-, se enajenaron también los servicios públicos (que nadie le devolvió a los argentinos después de 1976) y los mecanismos que facilitan el funcionamiento de la actividad general. Teléfonos, cables, líneas de navegación, tranvías (trenes y subtes), seguros, fuerza motriz, ferrocarriles, pertenecieron a empresas extrañas y el iberoamericano tuvo la sensación, de que cada vez que descolgaba el receptor (de su teléfono ayer fijo y hoy móvil), subía a un vagón (o no subía, porque nos despojaron de los trenes) o encendía una luz, dejaba caer una moneda en fabulosos rascacielos distantes”.
En general, persistía Ugarte en su alegato retrospectivo y prospectivo a la vez, “cuanto es fuente de abundancia funciona hoy fuera de nuestro alcance. Parecería que en cada república hay dos repúblicas: una aparente, que tiene presidente, bandera y Cámaras (hoy también muy venida a menos), pero cuyas funciones son de orden en cierto modo municipal, y otra secreta pero decisiva, que pone en marcha realmente los grandes engranajes y acciona desde lejos las llaves de la abundancia o la ruina”. Por trágicas circunstancias que deberemos dilucidar, esas dos repúblicas han llegado a confundirse en una sola. para nuestra ruina.
Para Ugarte, no había que identificar la democracia “con las instituciones creadas en determinados momentos para servirla”. Por el contrario, pensaba, había que “ajustarse a la hora en que se vive y hacer la autopsia implacable de las realidades”. No bastaba con “cambiar de sistema”. Lo que urgía, era“emprender la construcción de la Patria”, que para él tenía una dimensión continental.
Entendía que “los sistemas nos dieron siempre malos resultados porque fueron concebidos para naciones ya organizadas. Nosotros todavía no hemos organizado la nación y de nada sirven los preconceptos”. Esaverdad también debería formar parte de nuestra vida, de nuestra cultura y enseñarse en las universidades.
De esa manera, “la democracia meramente nominal dejó que subsistieran hondas desigualdades de raza y clase, acentuando en cada república demarcaciones categóricas entre la gente adinerada o “decente” y la anónima masa autóctona o mestiza”.
“Llegamos a practicar un republicanismo teórico como era teórica en el orden internacional nuestra vida independiente, mediatizada por influencias extrañas”.
“No hay que confundir, pues, a la democracia con la especulación demagógica. La verdadera democracia consiste en servir al pueblo y no en servirse de él”.
Sus ideas a esta altura se parecían mucho a las de Perón y viceversa. De hecho, Perón lo había nombrado su embajador en México en la época álgida de la lucha contra los imperialismos de la época y él volvería a apoyar a Perón en 1951 antes de partir a su definitivo y letal exilio.
En esa línea sostenida, Ugarte había criticado al propio socialismo en la Argentina y América Latina, que había enfrentado primero a Yrigoyen y después a Perón´. Por el contrario, Ugarte entendía con ambos lideres nacionales que “la felicidad del individuo solo puede ser un resultado de la prosperidad y el triunfo de la colectividad”. En cambio, “el socialismo fue enemigo en teoría del capitalismo nacional, pero no lo fue en ninguna forma del capitalismo extranjero”. He allí la diferencia, también esencial, entre el socialismo nacional, criollo o patriótico y el socialismo cipayo o colonial.
De esa manera, concluía Ugarte, con el contubernio entre conservadores, socialistas y también radicales anti yrigoyenistas, en el caso de la Argentina, “Iberoamérica no escapó en ningún momento de su evolución al contagio de Europa. Desde el comienzo vivimos de repercusiones”, por lo que “se impone sobre todo la urgencia de suprimir abusos, injusticias y privilegios. Por encima de tendencias, programas y derechos, por encima de las teorías y los individualismos, está la inquietud de perdurar como entidad distinta y a ella debe ser subordinado todo”. Erran los que levantan la consigna “democracia o dictadura”, sin haber resuelto primero la disyuntiva entre Patria o colonia.
Un programa nacional para una democracia esencial
“Se ha dado entre nosotros, hasta ahora -resaltaba Ugarte-, más importancia a los aspectos exteriores que a la esencia misma de la prosperidad nacional. Empezando a construir (o en su defecto reconstruir) la casa por el techo, hemos sido jactanciosos antes de alcanzar las realidades que pueden excusar la jactancia… Dentro de la elaboración misteriosa de la Historia, hay generaciones predestinadas. A las actuales les toca la obra de resolver lo que se ha estado eternizando en crisálida”. De allí nuestra insistencia.
“Cualquier programa de liberación efectiva -planteaba Ugarte al hablar de los fundamentos vitales de la Patria- tiene que basarse sobre la creación en Iberoamérica de una industria pesada” (que durante el peronismo histórico estuvo a cargo del Ejército y de Fabricaciones Militares como parte del Estado presente y protagonista de nuestro desarrollo económico). Esta solo es posible en estrecha conexión con otras formas de actividad y en vista de abastecer amplios conjuntos. Porque la industria pesada, sin la cual resulta ficticia, desde el punto de vista nacional, toda industria de transformación, ha de contar con amplias zonas productoras de sus elementos indispensables (carbón, petróleo, metales y hoy litio) y ha de hallarse respaldada por vastos territorios ganaderos, agrícolas, forestales, cuya población facilite el esfuerzo”, que podría acabar con un país macro cefálico y el atraso del interior, además de corresponderse con la satisfacción de las necesidades e intereses de toda la población y de todo el territorio nacional.
“Mientras falte la industria pesada no podremos tener verdadero ejército-advertía Ugarte-, porque comprar armamentos equivales a moverse en la órbita de rotaciones extrañas… Si no construimos locomotoras, tampoco existirán ferrocarriles de pura esencia nacional. Las exportaciones exigen por otra parte, una flota. La industria pesada es indispensable, además para asegurar el porvenir industrial, porque traer maquinaria del extranjero no significa más que cambiar la forma o el plano de la dependencia”.
Efectivamente, mientras falte la industria pesada no podemos tener verdadera defensa nacional ni verdadera soberanía económica y política, sin la cual la democracia y la justicia social solo son una ficción, un espejismo o en su defecto, un despropósito que solo favorece o es aprovechado maliciosa e hipócritamente en su formalidad por los enemigos de la Patria.
“Hasta ahora los asuntos de política interior se trataron y resolvieron sobre plataformas oportunistas. De hoy en más debemos construir sobre bases profundas y durables… Hemos vivido drogados. Cuanto veneno circulaba por el mundo nos fue ofrecido complacientemente. Así se repitieron entre nosotros en menos de un siglo, todas las etapas de la desorientación humana, así se construyeron ideológicamente puentes inútiles… Los nacionalismos regionales que asoman no resultarán, en realidad, viables hasta que alcancen el carácter iberoamericano (latinoamericano) que debe asumir el movimiento definitivo…”.
“El origen de la subordinación actual, hay que buscarlo en el error que nos llevó a encarar seccionalmente los problemas. En el orden internacional, como en el orden interior, como en el orden de la valoración general de nuestras repúblicas, hay que estudiar planes que se ajusten a la amplia realidad iberoamericana (de América Latina y el Caribe) y esos planes han de ser concebidos teniendo en cuenta la vastedad de los territorios que se extienden desde la frontera norte de México hasta el Cabo de Hornos”.
A las nuevas generaciones -pensaba Ugarte en 1950- les corresponde sacar partido de esos antecedentes, aprovechando la oportunidad para “velar por la verdadera autonomía política, económica y espiritual, siendo por encima de todo, hombres de nuestra América, y tratando de que nuestra América se levante cada vez más dueña de sí misma”, tanto a nivel político, como económico y espiritual.
Por eso no bastaba que los hombres fueran otros, pensaba, “es necesario que se sientan animados por una nueva ideología y que esa nueva ideología sea apropiada al momento del mundo y a las características locales”. Aunque también reconocía que “entre nosotros existe desde mucho antes de ahora un fervor que no ha podido manifestarse porque los medios de propaganda, poder y acción se hallaban parados precisamente por las influencias interesadas en ahogarlo”. Y ese intento no ha cesado, y, por el contrario, ha tenido los resultados vistos, con la confusión generalizada a diestra y siniestra.
Habrá que recuperar ese fervor y el poder que contrarreste de una vez por todas y para siempre las influencias contrarias a esa democracia esencial y a la reconstrucción nacional de toda y cada una de las partes de Nuestra América.