El 2 de abril de 1982 y las enseñanzas políticas de nuestra historia. Por Elio Noé Salcedo
Como lo demuestra la realidad geopolítica actual, que la mentalidad colonialista e imperialista de los ingleses lógicamente preveía en la década del ’80 del siglo XX y Margaret Tatcher se proponía ejecutar, como plantea Jorge Abelardo Ramos en “Historia de la Nación Latinoamericana”-, “un año antes de la reconquista de Malvinas se hizo perceptible que al cabo de 150 años de intercambio de notas diplomáticas los ingleses se disponían a mover otra pieza en su tablero estratégico”.
Por otra parte, era a su vez evidente que Inglaterra no deseaba negociar la soberanía de Malvinas, y además había advertido mediante el Servicio de Inteligencia Británico (M16) que “la Argentina no aceptaría el cumplimiento de los 150 años de ocupación inglesa en las Islas sin una modificación sustancial de dicha situación”. Cabe recordar también que, desde el año 1965, dentro de las Fuerzas Armadas argentinas se venían pergeñando planes militares y preparando acciones directas para la recuperación de la soberanía en nuestro Archipiélago.
Por su parte, a falta de presupuesto para su flota y de serios problemas en su economía, o tal vez por ello, los ingleses “aspiraban a contar con las Islas Malvinas a un bajo costo, a la luz de las exigencias de su posición (de ese momento) en el mundo”. Traducido en términos económicos, significaba “proceder sin dificultades a la explotación del petróleo del área malvinense que los geólogos consideran de una capacidad mayor que la de Arabia Saudita y a la industrialización del krill, pequeño crustáceo de alto poder proteico, que es una de las mayores reservas mundiales en materi9a de alimentación”, y al mismo tiempo, “reforzar la importancia inglesa en la OTAN, mediante el control militar del Estrecho de Drake y sus aspiraciones a la Antártida”.
El proyecto inglés consistía en “fundar de la noche a la mañana un nuevo “Estado Soberano”, el de las “Falkland Island”, con un Primer Ministro, pedir a las grandes potencias un intercambio de cónsules y solicitar su admisión a las Naciones Unidas y a la OEA” a la par de firmar con Estados Unidos un tratado “otorgándole un contrato de arriendo por 99 años para la construcción de una base aeronaval, que sería luego puesta a disposición de los socios de la OTAN”. La ocasión era justamente propicia, porque “al fin un verdadero presidente militar pro occidental se había hecho cargo del gobierno en la Argentina”.
Ese proyecto fue truncado el 2 de abril de 1982, y aunque para nuestra desgracia volvió a ponerse en marcha el 14 de junio de ese mismo año con la derrota militar en la batalla de Puerto Argentino, el derrotismo adviniente y aveniente en los cuarenta años posteriores de democracia desmalvinizada, desnacionalizada y semicolonial, lo terminó convirtiendo en la realidad actual, que muestra la ocupación no solo del territorio malvinense y mares aledaños, sino también de las tierras patagónicas, ocupadas por súbditos ingleses y de otras nacionalidades, y de la economía y la cultura, ocupadas también por políticas, teorías e ideas que no provienen de las necesidades del pueblo y de la Patria.
Los dos Ejércitos y la independencia de la Patria
Sin duda, había dos Ejércitos, como lo había habido en toda nuestra historia. A pesar de la contradicción flagrante que significa esta afirmación, no era y no podía ser lo mismo asociarse o seguir los planes del imperialismo, tal cual habían hecho las Fuerzas Armadas desde el 24 de marzo de 1976, que desalojar al imperio colonialista de Malvinas y enfrentarse a él a sangre y fuego, como lo harían el 2 de abril de 1982 y durante los setenta y tres gloriosos y heroicos días en los que luchamos y defendimos lo nuestro.
Son las contradicciones internas del sistema las que a veces hacen avanzar la historia. Y el 2 de abril era y fue una gran oportunidad de la Nación para desandar doscientos años de relaciones políticas, económicas y culturales con el imperio que nos había dividido e impedido desarrollarnos como una sociedad soberana y próspera, a caballo de sus propios intereses imperiales y colonialistas.
El apoyo de América Latina toda demostró en aquella hora que la Nación Latinoamericana todavía estaba viva y que, como decía el general Simón Bolívar en una etapa anterior de nuestra historia común: “La América es una máquina eléctrica que se conmueve toda ella, cuando recibe una impresión alguno de sus puntos”.
Hoy, a cuarenta y tres años de aquella gesta heroica y gloriosa para las armas argentinas, cual fue la recuperación de la soberanía territorial de nuestro suelo malvinense y la perspectiva de un futuro distinto para argentinos y latinoamericanos en un nuevo mundo descolonizado, el civil Milei está haciendo realidad y favoreciendo con creces aquel proyecto anglosajón colonialista, al contrario del gobierno militar de Galtieri que, por las causas que fuere lo desbarató y casi logra desbaratarlo para siempre, pues la suerte de las armas pendió de un hilo también a favor de la Argentina, aunque se tratara de un nefasto gobierno de facto.
Claro, una sociedad civil desnacionalizada y desmalvinizada no estaba preparada tampoco para proseguir por otros medios una guerra que el escenario de Malvinas había demostrado ser a cara o cruz, en ese y en cualquier otro escenario político, diplomático, económico, financiero, cultural.
En esta situación nos encontramos: desmalvinizados trágicamente (desde afuera hacia adentro y desde adentro hacia afuera), desmovilizados ideológicamente y desorganizados políticamente, con un país al borde de su destrucción y/o de ocupación por fuerzas extrañas a todo nivel.
La situación de la Patria, una vez más, como en la Guerra de la Independencia; como en la etapa de la Organización Nacional; de la creación del Estado Nacional y de la fundación de la Argentina Moderna; de nuestra industrialización y transformación nacional en la década del 40 y 50; y durante los días gloriosos de la Guerra de Malvinas, requiere de la unión sólida del Pueblo Argentino con sus Fuerzas Armadas -parte indisoluble y entrañable de nuestra historia-, como así también con toda América Latina para la felicidad de todos y la grandeza de la Patria, porque sin la unidad nacional de todos los sectores fundamentales de nuestra sociedad, no tendremos ya Nación, devolviéndonos al comienzo colonial de nuestra inconclusa aunque todavía joven y prometedora historia.