Pedro Albizu Campos, héroe nacional de Puerto Rico (1891 – 1965)

Por Elio Noé Salcedo

El historiador nacional Roberto A. Ferrero ha realizado una reseña reivindicativa merecida y necesaria de quien fuera héroe y mártir de la independencia de Puerto Rico (“Tres historias del Caribe, 2024), sin que este país latinoamericano pudiera alcanzar su independencia definitiva del imperio norteamericano hasta hoy. Los otros dos grandes héroes de la patria boricua son Ramón Emeterio Betances (1827 – 1898), considerado el “Padre de la Patria” portorriqueña por haber lanzado el “Grito de Lares” en 1868 contra la dependencia de España, y Eugenio María de Hostos (1839 – 1903), pensador y pedagogo que “bregó toda su vida por la libertad de Puerto Rico y la unidad de las Antillas”.

A fines del siglo XIX, Puerto Rico, como Cuba , eran todavía colonias del “decadente imperio español”. Ambas lograrían finalmente su independencia de España, pero al costo de la subordinación política y económica al imperialismo del Norte, en el caso de Cuba hasta 1959, y en cuanto a Puerto Rico, con su apoderamiento total hasta nuestros días.

En el transcurso de la Guerra Hispano – Yanqui de 1898, “los políticos de la monarquía española sabían -refiere Roberto Ferrero-, que Estados Unidos ambicionaba desde hacía mucho apoderarse de la Isla no solo por razones de mercado (de hecho, ya era cautiva de empresas yanquis), sino sobre todo por razones geopolíticas, dada la estratégica posición de la Isla en el Mar Caribe”. Por su parte, los rebeldes de José Martí y del general Maceo “estaban progresando en Cuba desde hacía un par de años, e incluso en la propia Puerto Rico se había producido en Yauco, en el mes d mayo de 1897 una nueva tentativa de insurrección independentista”. 

Ante el peligro de perderla a manos del imperio norteamericano, España concede a los portorriqueños su “Carta Autonómica” el 25 de noviembre de 1897, pero ya era demasiado tarde: “Estados Unidos desembarca sus marines en Cuba el 10 de junio de 1898, cerca de Guantánamo, y el 25 de agosto 16.000 hombres al mando del general Nelson Miles lo hace en Puerto Rico y ocupan la ciudad de Ponce“. Al producirse ese “cambio de amo, pero no el fin de la opresión nacional”, Albizu Campos tenía por entonces siete años. 

El Tratado de París de 1898 otorgó definitivamente Filipinas, la isla de Guam y Puerto Rico a Estados Unidos. Así, los países imperiales se repartían sin pudor el mundo.

Los primeros pasos

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Albizu se alistó voluntariamente en el Ejército de Estados Unidos y se incorporó al programa “Reserve Officers Training Corp” de la Universidad, obteniendo el grado de oficial, experimentando en carne propia “la discriminación racial de los militares estadounidenses”. Designado al Regimiento 375, reservado exclusivamente para negros y cuyos únicos blancos eran los oficiales al mando, finalmente fue dado de baja honrosamente de las filas del Ejército con el grado de Teniente Primero, y en 1919 reinició sus estudios en Harvard “con nuevos bríos”.

“Desilusionado de sus simpatías primeras por Estados Unidos por su experiencia militar” y, al sufrir “otras desilusiones en la Universidad al final de su carrera” de Ingeniero Químico, estudió Abogacía, relacionándose allí con una agrupación de estudiantes latinoamericanos y participando en movimientos de apoyo a la independencia de la India y de Irlanda. Después de establecer vínculos con importantes dirigentes de otros países sometidos a Inglaterra que estudiaban allí y de conocer a la que sería su esposa, Laura Meneses, una estudiante peruana de ideas radicales, Albizu abandona la teosofía masónica y se convierte al catolicismo, guiado por un sacerdote irlandés y otro español. 

Había comprendido, sostiene el Dr. Roberto Ferrero, que “frente al opresor protestante y anglófono, el catolicismo, el hispanismo y el idioma español (que su Patria invadida siempre conservaría) constituían el alma de la nacionalidad puertorriqueña, y que debía fortalecerse para enfrentar homogéneamente a la potencia colonial que se esforzaba por destruir su identidad”.    

De vuelta a Puerto Rico

Desde 1917 regía en Puerto Rico la llamada “Ley Jones”, que sospechosamente otorgaba la ciudadanía norteamericana a los puertorriqueños que sirvieran en los ejércitos de sus opresores y se las negaba a los que pretendieren mantener su propia ciudadanía, perdiendo en esa condición todos los derechos políticos y “quedando prácticamente como parias en su propia tierra”. La única concesión hecha por la “Ley Jones” fue “la creación de una Legislatura propia, electa popularmente, pero con poderes más imaginarios que reales, porque sus leyes podían ser vetadas por el gobernador norteamericano, y en última instancia, anuladas por el presidente de Estados Unidos. Un juguete para que se entretuvieran los partidos políticos de la Isla”.

Después de rechazar importantes cargos en EE.UU y de abrir su estudio de abogado en la ciudad de Ponce “para atender a los pobres de la ciudad”, Albizu Campos se inició políticamente en el nacionalismo independentista ingresando al Partido Unión de Puerto Rico, que en 1922 “abandona la opción por la independencia y se pronuncia en favor de la fórmula del “Estado Libre Asociado”, fórmula disimulada de anexión sin los derechos propios (¡para colmo de males!) de un Estado norteamericano”. Por eso, en 1924, Albizu Campos emigra al Partido Nacionalista de Puerto Rico (PNPR), de reciente creación, del que se convertirá en su vicepresidente, comenzando la que sería una larga y dura lucha por la independencia de su patria chica en la que lo encontraría la muerte cuarenta y un años después.

Hitos de una lucha incansable

A pedido de su partido, entre 1926 y 1930 se abocará a una gira por los principales países de América Latina -México, Perú, Venezuela, Cuba y Centroamérica- “pidiendo la solidaridad para los esfuerzos del PN en pro de la independencia de su patria”. Antes de partir a dicha misión escribirá en consonancia con Martí y los libertadores de toda Nuestra América: “Nuestra situación dolorosa bajo el imperialismo de Estados Unidos es la situación que pretende Norteamérica imponer a todos los pueblos hermanos del Continente: Nuestra causa es la causa continental”.

A partir de 1930, ya de nuevo en Puerto Rico, Albizu Campos se dedicará a “reorganizar el nacionalismo de su patria en un sentido revolucionario”. No sería fácil su tarea. “No conforme con destruir física y económicamente al pueblo puertorriqueño -dice Ferrero-, el imperialismo tratará también de aniquilar el alma de la nación borincana: su cultura y especialmente su idioma. El inglés es impuesto como única lengua, obligatoria en los tres niveles de la educación, en la justicia y en la administración pública”, persiguiendo a los intelectuales boricuas y tratando de introducir en los habitantes de la Isla anexada “un sentimiento de auto denigración e inferioridad personal y nacional”. 

Por eso Albizu Campos dirá en su momento: “El imperialismo yanqui, en lo moral, nos ha conducido al desprecio de nosotros mismos; en lo material, de propietarios nos ha convertido en peones, y de peones en mendigos sentenciados a muerte”. Sus palabras serán acompañadas por los hechos: 1931, lanzamiento de un insólito empréstito en el mercado de Walt Street para recaudar fondos para la “República de Puerto Rico”; el mismo año, organización de la “Asociación de Colonos de caña”; 1932, gran campaña de denuncias contra el gobernador estadounidense Theodore Roosevelt, hasta obligar a Washington a su destitución; asalto al Capitolio de Puerto Rico -sede del Poder Legislativo de la Isla- para impedir que flamee la bandera norteamericana; presentación del PN en los comicios para elegir representantes, cuyo magro resultado ante elecciones amañadas y con la mayoría privada del voto, lo convencen de que la vía electoral es “solo un mecanismo para legitimar la dominación extranjera”; 1933, dirige exitosamente la huelga de los trabajadores del monopolio yanqui “Puerto Rico Railway y Light and Power Company” y al año siguiente la de los obreros azucareros de la Isla.

Como el PN extiende cada vez más su audiencia en el pueblo y el prestigio de Albizu no cesa de aumentar, “Washington decide acabar con el Nacionalismo y su dirección, empezando por su jefe”. 

En 1935 se produce la “Masacre de Río Piedras” en la ciudad universitaria, cuyo autor -el coronel Riggs- es ajusticiado por dos jóvenes nacionalistas, que son a la vez fusilados sin proceso en la Central de Policía de San Juan de Puerto Rico. El gobierno y la justicia norteamericana en la Isla acusan directamente sin pruebas a Albizu Campos, que es absuelto en primera instancia, pero un nuevo jurado con mayoría norteamericana lo condena a 10 años de prisión. La ilustre poetisa chilena Gabriela Mistral protestará contra la injusta condena sin ser tenida en cuenta y sin que le permitan visitar a los presos en la cárcel de Atlanta.

Muchas cosas sucederían en Puerto Rico en ausencia de su héroe independentista, quien al volver a la patria en 1947 “es recibido apoteóticamente en un gran acto del “Parque Sixto Escobar”, al que acudieron ese día nacionalistas de toda la Isla para defender a Albizu en caso de que la policía o la Guardia Nacional intentaran detenerlo nuevamente. Ahora Albizu Campos se propone organizar la “revolución patriótica”, estallando el levantamiento el 30 de octubre de 1950, siendo traicionados por el titular del PN de la sección San Juan. 

Juzgado por segunda vez, Albizu Campos es condenado esta vez a 80 años de cárcel. En la cárcel recibirá torturas y será expuesto a “radiaciones desconocidas”, que incidirían en la salud del jefe nacionalista hasta su muerte. El gobernador Muñoz Marín, presidente nativo después de la “Ley Pública 600” de 1950 que entregaba el gobierno formal a autoridades puertorriqueñas, no queriendo ser responsable de la muerte de Albizu, lo indultó en 1953. Albizu rechazó el perdón, pero “fue expulsado de la cárcel, quedando forzosamente en libertad”. Aunque ella solo le duraría seis meses.

El 1º de marzo de 1954, un comando suicida de cuatro militantes puertorriqueños, ingresó esta vez al propio Capitolio norteamericano en Washington y desplegó una bandera de Puerto Rico al grito de ¡Viva Puerto Rico libre!, comenzando a disparar sobre los congresistas, a los que sumió en gran pánico, hiriendo a algunos de ellos. La nueva y desesperada tentativa por “llamar la atención del mundo sobre su desgraciada patria” le costó a sus autores 25 años de cárcel y a Albizu Campos, sin ser directamente responsable, la revocación de su indulto.

Soportando su tercera prisión, “El Maestro”, como lo llamaban con devoción sus seguidores, “experimentó una pertinaz decadencia en su ya endeble salud, debido a los malos tratos y la desatención criminal que sufría en la Cárcel de la Princesa” en la capital boricua. En marzo de 1956 sufrió un ataque cerebral que lo dejó sin habla y con parálisis permanente de su costado derecho, sin que sus carceleros le dieran atención hasta pasados cinco días. El gobernador Muñoz Marín lo volvería a indultar el 15 de noviembre de 1964, cuando ya era demasiado tarde. Pedro Albizu Campos, el Maestro de la lucha independentista y de la resistencia heroica a la dominación extranjera de Puerto Rico falleció el 21 de abril de 1965. 

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