Jorge Coscia, discurso en el III Congreso Internacional de la Lengua en Rosario

«La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazó un día la mitad de América del Sur. ¿De dónde proceden nuestros límites actuales? El origen de estas fronteras ¿responde acaso a una razón histórica legítima? ¿Nos separa una barrera idiomática, cierta muralla racial evidente? ¿O es, por el contrario, el resultado de un infortunio político, de una vicisitud de las armas, de una derrota nacional? Sin duda aparece como fruto de una crisis latinoamericana, puesto que América Latina fue en un día no muy lejano nuestra patria grande. Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos.»

Jorge Abelardo Ramos

Un hipotético viajero que tomara un avión en Ushuaia, volará 11 horas hasta desembarcar en el aeropuerto de México. Habrá atravesado un inmenso territorio, pleno de diversidades, pasará del crudo invierno Austral al áspero verano azteca. Habrá atravesado un territorio que va de la Patagonia andina a Norteamérica, sobre una veintena de países, separados por selvas, llanuras, cordilleras, desiertos hilvanados por ciudades tan grandes como Buenos Aires, Lima, Quito, Bogotá, Panamá, El Salvador u Honduras.

El viajero necesitará, para ser entendido, una sola lengua en ese viaje: El español.

El adiós de la partida y el bienvenido de la llegada conforman la medida de la más formidable extensión que una sola lengua abarca en el planeta: La vieja lengua de Castilla, trasplantada al inmenso territorio latinoamericano en viajes más duraderos y esforzados que el vuelo mencionado.

Para comparar esta medida, bastaría con pensar que un vuelo semejante de Madrid a Siberia, atravesaría también una veintena o más de países, con lenguas tan diferentes como el español, el francés, el alemán, el danés, el polaco y el ruso.

Europa es por sus particularidades culturales y lingüísticas una desintegración unificada. Como contrapartida, Latinoamérica es en cambio una unidad desintegrada, en la que la comunidad de origen, lingüística y cultural está contradicha por la fragmentación política edificada por procesos independentistas incapaces de mantener la unidad original.

Esta unidad sobrevive de un modo sorprendente y casi único en la lengua común.

Esta lengua, plagada de matices y dialectos, conserva un vigoroso núcleo de identidad, que permite el diálogo y la comunicación entre todos los países hispanohablantes.

Aún en su dinámica cambiante y siempre renovada diversidad, los modismos y jergas regionales conforman sólo un porcentaje minoritario del idioma hablado.

Estas particularidades, no son además fronteras idiomáticas, sino material de intercambio y renovación de una lengua tan viva como dinámica.

Hay en América Latina una formidable contradicción entre las fronteras políticas y las integraciones del decir y el entenderse. Estas a su vez, son dentro de las unidades políticas o países tan fuertes, como dentro de estas unidades: Un porteño puede entenderse con un limeño en el idioma común o desentenderse con un compatriota misionero al hablar un español plagado de modismos de Buenos Aires o de la frontera de Misiones con el Brasil, plena de portuñol. Pero la voluntad de encuentro, unifica de modo casi automático la lengua que es hegemónica de Ushuaia al Río Grande o incluso más allá, dentro mismo del territorio de Estados Unidos.

Esta unión desintegrada, marca el drama histórico subrayado por la elección del epígrafe, que define en pocas líneas la tragedia de no haber conformado una gran nación sobre la plataforma original de nuestro origen indígena, hispánico y criollo.

La desintegración política vigente es una realidad a asumir, ya que sin ese sinceramiento cualquier análisis referido a la cultura en general y el audiovisual en particular, se vuelve abstracto y descontextuado.

La unidad lingüística vigente en esa desintegración es por otra parte, la clave para la conformación de una política coherente y restauradora ligada como todo lo referente a la cultura a la realización y felicidad de una comunidad tan numerosa y extendida.

Doblaje y subtitulado

No se puede hablar de subtitulado o doblaje sin hablar de realización audiovisual propia.

Me propongo sostener lo imprescindible de consolidar un discurso propio, sin el cual, la mera traducción (o doblaje) de otros relatos o discursos nos ubica en una suerte de dependencia cultural, industrial y narrativa, que es además empobrecedora de la mirada y la comprensión de lo traducido.

La literatura es una prueba irrefutable de que sólo con una literatura propia, puede haber incorporación del relato ajeno, escritores como Cortázar o Borges han podido traducir con creatividad por ser expresión de un relato propio.

Esto no significa que sólo puedan subtitular los grandes realizadores. Se trata de entender que la ausencia de la mirada propia por parte de una sociedad la vuelve impotente para una mirada creativa de lo ajeno.

Coincido con Arturo Jauretche que definía lo nacional como «lo universal visto con los ojos propios».

Una cultura que sólo traduce y subtitula se condena paulatinamente a la exclusión.

Por el contrario, el discurso propio, permite el referenciamiento del discurso recibido.

En la Argentina hay en cine una saludable preferencia por el subtitulado sobre el doblaje.

Aquel no siempre se realiza localmente, por lo que es frecuente la lectura de subtitular híbridos o traducciones del idioma original a un castellano saturado de modismos ajenos a nuestra particularidad en el hablar.

Otra característica lamentable de las traducciones es la censura o autocensura que genera cambios de terminología en el que un insulto de grueso tono se aligera con un maldito o un imbécil.

Es frecuente también la adaptación a la jerga del país que subtitula o del subtitulador en el país de origen. Entonces una denominación como boy, deviene en chaval, un grillo en chapulín, una cubierta en un caucho.

Se deteriora entonces no sólo la particularidad local, sino también la de origen mediatizada para un receptor distinto deviniendo entonces en una deformación bizarra en la que lo universal es lo nacional de otros.

Otro desatino ocurre cuando el traductor reemplaza jerga de origen por jerga local, entonces uno suele leer palabras de fuerte sentido local en bocas ajenas.

El doblaje se refugia fundamentalmente en las películas infantiles y en la televisión.

En las primeras, predominan los doblajes y traducciones de origen realizadas principalmente con acento y modismos mexicanos o venezolanos.

El resultado suele transmitírmelo mi hija de ocho años que suele hablar con sus amigas en un idioma propio, que ellas denominan «paíto» y que es fácil reconocer como mexicano.

No se trata de rechazar el bello modo de México, pero el que se expresa en el cine de México es verdad pura y universal desde su particularidad, mientras que los doblajes de Hollywood son sólo la interpretación de Hollywood, trasladada a relatos tan lejanos de México o Los Ángeles, como El Rey León.

Hay en esos doblajes una utilización de modos de imposible decodificación para las audiencias. Las hienas del El Rey León hablan con un estilo más marginal y no es difícil que muchos ladrones tengan un inequívoco acento andaluz.

El doblaje puede ser también una herramienta para la discriminación y el desprestigio social y cultural.

El auge del doblaje en España entronca con las regulaciones que en la materia introdujera Franco como forma de censura y control de los textos importados.

Las audiencias se acostumbran al estilo propio, pero este aportará al sentido de la película o del producto audiovisual si es fidedigno y representativo de su universalidad mediante una adaptación certera a la mirada destinataria.

La ley de doblaje en Argentina, aún no reglamentada, podría reordenar la situación y reinstalar el encuentro entre «lo que se dice» con «lo que se entiende».

Pero el doblaje obligatorio e indiscriminado es una desventaja potencial para nuestra industria cinematográfica.

El doblaje ha sido señalado en España y otros países como una desventaja para las producciones locales.

El idioma local, genuino en la obra local, debe competir con la artificialidad de la obra extranjera hablada en lengua local, perdiendo aquella una merecida ventaja de representatividad de lo propio.

En la Argentina, deberíamos doblar con actores argentinos los filmes para niños.

El subtitulado deber ser local, con la excepción de copias subtituladas llegadas para muestras y festivales.

De ese modo el producto traducido y su interpretación serán más genuinos.

Identidad = personalidad

Toda cultura conforma su identidad de un modo dinámico y cambiante.

Esta dinámica es una propiedad de la naturaleza que establece sus estrategias de adaptación sobre la base de la perdurabilidad y el cambio, alternándose en el proceso evolutivo.

Una cultura y su identidad, debe equilibrarse tanto en la conservación como en el cambio.

El cambio se estructura, por otra parte, solo en lo perdurable, del mismo modo que no puede haber hojas sanas y jóvenes en un tronco podrido.

Una frontera de esta dinámica está dada en los cambios de la lengua y parte del problema se expresa en el tema de la traducción, la subtitulación y el doblaje.

Enormes audiencias reciben a diario relatos traducidos para doblajes y subtitulados.

La literatura brinda una enorme experiencia en el proceso de traslación de una lengua a la otra.

Sólo la existencia de industrias culturales y políticas públicas activas que las fomenten y protejan, protege el tronco esencial de nuestra identidad cultural y lingüística.

El mero cambio sin protección conduce al debilitamiento de la formidable identidad hispanoparlante.

El enorme poder de fuego de la lengua sajona enancada en el poderío de Hollywood y en el dominio de los mercados altera no sólo el valor de lo nacional sino también la comprensión de lo universal.

Estos relatos, se proponen como universales y así los recibimos, pero son relatos nacionales o interpretaciones nacionales de lo universal, cuya expansividad hace que pinten todas las aldeas conformando una visión de lo universal prepotente y excluyente.

La lengua es la herramienta fundamental de toda cultura para eludir la exclusión.

Su defensa se vuelve imprescindible pero no implica su imposición, sino su protección mediante la defensa y promoción de las industrias culturales que la utilizan como argamasa de su personalidad y su sentido.

Cuando uno o varios países del concierto mundial, plantean la excepción cultural de los bienes culturales en los términos de intercambio, están librando una batalla pacífica pero contundente por su existencia.

La posición contraria suele mencionar la libertad como argumento para su eliminación en consonancia con otros planteos como la libertad de mercado, que aplicada sin medida ni lógica condena a la exclusión a millones de hispanoparlantes.

La primer premisa para ser libre es existir y la libertad de mercado es una imposición de pocos, los que manejan el mercado, sobre los muchos que lo viven.

Neruda escribió en relación a la Conquista española: «se llevaron el oro, pero nos dejaron las palabras».

Hoy corren peligro las palabras, sino protegemos nuestras industrias culturales ni regulamos con razonabilidad el modo en que nos cuentan el cuento de lo universal, con ojos y voces que no son los propios.

Es imprescindible contar con una voz propia, no sólo para nuestros relatos, sino también para la traducción de los ajenos, que sólo de ese modo devendrán en propios, en tanto valores compartibles de lo universal.

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