José Hernández, el poeta soldado

Sobre la canonización de Martín Fierro y la operación literaria para hundir a su autor en las sombras.

Por Jorge Abelardo Ramos

Fue en la noche del 9 de mayo de 1913. Toda la flor de la canela se había reunido en el suntuoso Teatro Odeón. En un palco se encontraba nada menos que el conquistador del Desierto, por dos veces Presidente, el General Julio Argentino Roca. Despertó la inevitable murmuración maliciosa la ausencia del Presidente de la República, Roque Sáenz Peña. Viejo adversario de Roca, los bien enterados susurraban que la presencia del Zorro había movido a Sáenz Peña a renunciar a la conferencia inaugural. Pero en la noche siguiente, el Presidente ocupó el lugar de honor.

Se anunciaba que Leopoldo Lugones haría varias lecturas – género hoy caído en desuso- desde el 9 al 24 de mayo. El tema resultaba algo extraño para la exclusiva sociedad porteña, que leía (cuando leía) sólo en francés. Algunos comentaban que Lugones hablaría sobre unos versos gauchescos, escritos por un político olvidado del siglo anterior y que había alcanzado, se sabía, regular difusión en los medios rurales. La gente de estirpe, desde ya, confiaba en el espectáculo que brindaría el propio Lugones.

El gran poeta de Córdoba se había hecho famoso en la metrópoli aldeana, desde su irreverente juventud anarquista y socialista y su amistad con Rubén Darío. La revolución modernista, de la que fue impetuoso anunciador, sus deslumbrantes poemas hugoneanos, mejor aún, sus loas a “los ganados y las mieses”, con los que el ex poeta revolucionario, convertido al orden social vigente, había cantado a los agropecuarios en el Centenario de la Revolución de Mayo, lo habían instalado en el centro de la admiración pública. Pero esto no era todo. Su conversión a un nacionalismo conservador ( aunque laico y además masónico) se remataba con su exaltación de la profesión de las armas y su recientísima condición de esgrimista. Había un sesgo pendenciero en su carácter, sin duda, y sus polémicas incesantes, animadas por su admirable prosa, algo barroca, así como su afirmación de la patria, en una época de desaforado cosmopolitismo, lo convertían en un personaje cautivante, del que había que esperar siempre algo extraordinario.

Lugones, que se había metido a la alta sociedad porteña en un bolsillo, no defraudó esa velada a la vasta concurrencia de estancieros y altos funcionarios. El tema, al parecer insignificante y hasta indigno del talento del orador, no fue la única novedad de la noche. Pues hay que decirlo todo: Lugones proyectó una luz tan vivísima sobre ese gaucho olvidado y harapiento, que transformó, en dos horas, y para siempre, la escala de valores en la historia de la literatura argentina y americana.

Martín Fierro era el Hijo de la Pampa, nuestro héroe nacional, dijo Lugones, no un forajido, y para peor, un derrotado. Podría haber agregado, aunque prudentemente no lo hizo, que un borroso eco de semejante héroe sobrevivía aún en los amansados peones a jornal, sometidos a la prisión del alambrado.

Lugones rescató a ese paisano de su prolongado ostracismo. Lo llamó a escena, lo bautizó paladín y, para colmo, caballero, en esas ocurrencias atrabiliarias bastante habituales en el autor de Romances del Río Seco. Gran artista y prestidigitador del verbo, Lugones nunca rehusó urdir esa rara simbiosis de feroz nihilismo anarquista con una reincidente idolatría a la aristocracia pastoril.

En este último rasgo, quizá flotaba un recuerdo melancólico del modesto estanciero que fuera Don Santiago Lugones, su padre. La familia había perdido su estancia de Taco-Y aco en la crisis del 90.

Pues bien, ese 9 de mayo, desde la lujosa platea del Odeón, el inapelable tribunal del patriciado, ya trocado en oligarquía, aceptó con placer y quizás hasta con orgullo, la imperiosa decisión de Lugones de consagrar a Martín Fierro como el poema nacional. El refinado público, siempre ansioso de emociones, se sintió transportado de éxtasis ante la belleza de la prosa hablada de Lugones. Y cuando nadie imaginaba el rumbo que tomaría el disertante, seducida la platea por la melodiosa y poderosa voz del poeta, se produjo la segunda y más incisiva sorpresa de la velada. De un solo golpe, Lugones sumió a José Hernández en la oscuridad más completa.

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