La moneda común argentino-brasileña: una gran oportunidad

El diputado del PRO, Fernando Iglesias, se manifiesta a favor de la creación de una moneda única. Reconoce la oportunidad histórica y el consenso de ambos países para unificar sus economías.

Por Fernando Iglesias

Episodio de enorme relevancia, pero olvidado, los gobiernos de Brasil y Argentina estuvieron a pocas horas de anunciar la creación de una moneda común: el peso-real.

A mediados de 2019, en plena inestabilidad cambiaria, los ministros de Economía Nicolás Dujovne y Paulo Guedes, y los presidentes Macri y Bolsonaro, habían decidido lanzar juntos esta iniciativa común. Pocas horas antes del anuncio, todo fracasó por la oposición del presidente del Banco Central de Brasil, Roberto Campos Neto, temeroso de que la crónica inestabilidad monetaria argentina terminara contagiando a su país.

Las recientes declaraciones de Lula da Silva a favor de la creación de una moneda sudamericana vuelven a poner la cuestión sobre la mesa, ya que los dos candidatos posibles a la presidencia del Brasil, Lula y Bolsonaro, estarían de acuerdo en avanzar con el proyecto.

Se trata de una cuestión de una enorme importancia para Argentina, un país en el cual la inflación ha sido la responsable de todos los aumentos exponenciales de la pobreza: de 6.2% a 31.2% entre 1974 y 1976; de 9.1% a 34.5% entre 1980 y 1983; de 21.2% a 47.3% entre 1986 y 1989, y de 35.4% a 54.3% entre 2001 y 2002; en todos los casos, con índices inflacionarios de tres o cuatro dígitos.

Un país, además, cuyo único intento momentáneamente exitoso de disminuir la inflación consistió, básicamente, en controlar la emisión monetaria atándola a un ancla externa: el valor un dólar = un peso.

Hoy, frente a la insistencia suicida del Gobierno en que la emisión no genera inflación y la inflación galopante que es su consecuencia, existen dos propuestas de solución por parte de la oposición: la de garantizar por ley la independencia del Banco Central y la de dolarizar. Una moneda única con Brasil aúna las virtudes y disminuye los problemas conexos de ambas propuestas.

En cualquiera de sus variantes: bilateral, sudamericana o mercosureña, una moneda única con Brasil subordinaría la emisión monetaria a un Banco Central exterior y a un acuerdo con un país, Brasil, cuyas dimensiones hacen que la Argentina sea un socio menor y que parece haber aprendido de sus procesos inflacionarios anteriores; por lo que el Real -que tenía igual valor que el peso en el 1 a 1 de los ‘90- vale hoy 25 veces más.

En este sentido, con una moneda común el real brasileño desempeñaría un rol similar al del marco alemán en Europa, generando el Euro que acabó con la inflación y las devaluaciones sistemáticas en países como Italia y España.

Que el valor de la moneda argentina esté atado a un banco supranacional responsable de controlar la emisión similar al Banco Central Europeo, y no simplemente a una ley, le daría a la estabilidad monetaria una perspectiva de largo plazo, mucho mayor a los cuatro años de gestión por parte de un mismo gobierno que habilitaría la sola reforma de la carta orgánica del BCRA, siempre a tiro de las mayorías parlamentarias y una ley que lo modifique.

Además, terminaría con el triste hábito de las devaluaciones competitivas, esas “políticas de empobrecer al vecino” según la definición de John M. Keynes que fueron cruciales para el colapso de la Convertibilidad pocos años después de la devaluación brasileña.

La asociación monetaria con Brasil posee además varias ventajas respecto a la dolarización.

En primer lugar, siendo Brasil nuestro principal socio comercial (13% de nuestras exportaciones e importaciones), la estabilidad monetaria y la simplificación de cálculos y trámites facilitarían la integración de cadenas productivas y la planificación de inversiones a largo plazo.

En segundo lugar, una moneda argentino-brasileña asociaría a dos economías similares, exportadoras de commodities e importadoras de insumos y equipo industrial; lo cual tiende a sincronizar sus necesidades monetarias. Todo lo contrario a lo que sucedía en los ‘90 con Estados Unidos, cuya estructura productiva completamente diferente generaba necesidades opuestas y creaba enormes problemas de sincronización monetaria.

En tercer lugar, las ganancias futuras de productividad de Brasil y Argentina serán previsiblemente similares, mientras que una asociación con el dólar estadounidense ataría la economía argentina a otra economía con notables diferencias de productividad, generando un progresivo atraso cambiario y problemas de competitividad.

Una moneda única argentino-brasileña favorecería también el desarrollo del Mercosur, hoy paralizado, y la integración económica regional; generando un espacio económico de la escala necesaria para estimular las inversiones e impulsando la integración de cadenas internacionales de valor.

No menos importante, favorecería enormemente otro punto crucial para la modernización de ambos países: la concreción final del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, generando el mayor espacio económico común del mundo, regido por solo dos monedas.

Finalmente, una moneda única con Brasil tendría la ventaja de anclar nuestra política monetaria a un factor externo evitando el inconveniente de que sea el dólar la moneda que desempeña esa función; lo cual la hace políticamente más viable. Algunos verán en ella la posibilidad de acabar con la inflación; otros la mirarán como un instrumento favorable a la integración regional. En todo caso, su viabilidad política y, por lo tanto, su perspectiva de aprobación y duración a largo plazo, es mayor.

No son muchos los motivos de optimismo económico en este fin de ciclo de consecuencias devastadoras. Pero acaso en este aspecto, el monetario, se hayan alineado mágicamente los planetas. Ojalá no dejemos pasar de largo, también, esta extraordinaria oportunidad.

Fuente: Clarín

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