El turbio encanto de la mentira

Una de las tácticas más socorridas de los mentirosos es fingir no saber lo que saben y sobre todo actuar como si supieran lo que no saben. Y entre todos los mentirosos, los más destacados y gravosos son los políticos actuales, que por la profesión que han elegido -y que llegan a considerar la más noble a pesar de ser de escaleras abajo- hacen de la mentira una herramienta potente y la usan con criterio y sentido de la oportunidad.

La mentira es esencial en la lucha política, e implica necesariamente la intención de engañar, de afirmar algo falso para que sea tenido por verdadero.

Según Hannah Arendt, en la modernidad apareció con la revolución francesa y la democracia una forma nueva de mentira política: la que ataca verdades de hecho por todos conocidas y donde todo lo que existe puede ser tomado como si no existiera. Es la “mentira organizada”, que evita a los políticos rendir cuentas de sus actos, basados en los efectos de la propaganda y la manipulación.

En estos tiempos de crisis local y mundial, muchas de las afirmaciones de los políticos deberían sonar a falso y suenan, pero ya no mueven porque los destinados a ser engañados las escuchan como a la garúa; y sin embargo, llegado el momento, aceptan resignados mentiras pronunciadas con estrépito y hasta se entusiasman con ellas, porque es lo que hay.

La mentira política existe desde que hay política y no sólo demagogia: con Pericles y los suyos en Grecia; Tiberio, Cayo Graco o Julio César en Roma y modernamente Hitler, Mussolini y sus sucesores de todo pelo, que imitan de ellos en silencio lo que les conviene con tanta fuerza como los condenan con ruido.

Hay que admitir que en la antigüedad “demagogo” era el que no seguía las reglas y se alzaba contra el poder, para bien o para mal. Hasta hace dos o tres siglos la mentira política se dirigía solo a engañar a adversarios o enemigos, no a la sociedad entera.

El demagogo se definía por su capacidad oratoria, por su intención de convencer a cualquier precio, por su falta de escrúpulos, por su apelación a lo emotivo por sobre lo racional. Si se ve un parecido con nuestros políticos responde a una afinidad de base que ellos no reconocerán.

En estos tiempos la mentira política depende de la organización, como vio Arendt: necesita manipulación y propaganda porque su destinatario es el gran número: se alaba al individuo y se destrata a la masa. Además, el mentiroso político miente mejor cuando se engaña a sí mismo, de modo que hace vacilar uno de los pilares de la definición: la intención de engañar, que implica que quien miente sepa que miente y conozca la verdad que esconde. La propaganda y la manipulación deben sustituir una realidad por otra con la colaboración de muchos, que deben actuar como si la mentira fuera verdad. El último peldaño de esta escala descendente, hasta ahora, es el discurso como constructor de la realidad.

En cierto sentido, no salimos de la manada informe y del pastor que le da forma. Debe haber un lobo que las ovejas teman; pero el lobo no se comerá las ovejas, sino el pastor.

Un ejemplo de mentira de este tipo es la presunta ignorancia esgrimida por el ex presidente del Uruguay, José “Pepe” Mujica, sobre la naturaleza del peronismo.

Mujica ha sostenido varias veces que en su país no hay comprensión para el fenómeno político que es el peronismo argentino, y lo atribuye a que ninguno de los partidos orientales responde a una tendencia populista similar.

El partido blanco o nacional es más o menos equivalente al radicalismo, el colorado o brasileñista (por oposición inicial a Artigas) al convervadorismo, desaparecido en la Argentina, y el Frente Amplio de Pepe es una coalición de izquierda.

“Pero como en la Argentina son todos peronistas, aún los que no son peronistas son peronistas, trabajan en claves difíciles de entender para nosotros”. Acá Mujica alude a la frase de Perón “peronistas somos todos”, más allá del partido a que pertenezcan.

En realidad, la incomprensión “pepina” del peronismo argentino es retórica. En visitas a la Argentina, ya presidente, Mujica recordó tiempos juveniles en Buenos Aires, donde supo ser discípulo confeso del “Colorado” Jorge Abelardo Ramos, un trotskista nacionalista que está en el origen de las doctrinas populistas de Ernesto Laclau.

Con solo leer algunos libros de Ramos, que se arrimó al peronismo desde la “izquierda nacional”, Mujica se habrá hecho una idea de lo que es el peronismo, que en realidad tiene porque vivió las grandes jornadas peronistas y asistió al nacimiento de los libros de Ramos y sin dudas conoce a Laclau.

Lo que parece claro, ante la afectada ignorancia del “Pepe”, es que en todas partes, en la Argentina, en el Uruguay y en el resto del mundo actual, los políticos fingen ignorar lo que saben cuando no les es útil manifestarlo y actúan como si entendieran lo que en realidad no saben.

Fuente: www.aimdigital.com

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