Jorge Abelardo Ramos sobre colonización pedagógica, imperialismo y semicolonias

El imperialismo en los países coloniales otorga mayor importancia a su policía colonial que a su literatura clásica. Pero si en la colonia de Kenya la policía reemplaza a Eliot, en la tradicional semicolonia de la Argentina, Eliot suplanta a la policía colonial.

Por Jorge Abelardo Ramos

Para Spengler toda gran unidad de cultura, históricamente aparecida, es la expresión de un “alma cultural”. Para una semi-colonia, esa alma cultural se traduce, básicamente, en la aparición de un impulso hacia una conciencia nacional autónoma. Pues el fundamento primero de toda cultura, en el sentido moderno de la palabra y no por cierto en el dominio tecnológico, es una afirmación de la personalidad nacional, que tiende a propagarse en su primera fase en el ámbito de una ideología propia y que puede o no contener implicaciones estéticas inmediatas.

En los países tributarios los problemas de la cultura revisten una importancia especial. A nuestro juicio aún no ha sido analizada de manera satisfactoria. Es digno de observarse que en las naciones coloniales, despojadas de poder político directo y sometidas a la jurisdicción de las fuerzas de ocupación extranjeras, los problemas de la penetración cultural pueden revestir menor importancia para el imperialismo, ya que sus privilegios económicos están asegurados por la persuasión de su artillería. La formación de la conciencia nacional en este tipo de países no encuentra obstáculos. Por el contrario, es estimulada por la simple presencia de la potencia extranjera en el suelo nativo.

Esto no impide, por cierto, que en Liberia, por ejemplo, la clase negra dominante, descendiente de los esclavos libertos que abandonaron Estados Unidos después de la guerra de Secesión y que expropiaron a los verdaderos nativos, se sienta norteamericana y lea a Faulkner, del mismo modo que la oligarquía bostoniano se creía inglesa en el siglo XIX. Es bien cierto que, aún en los países coloniales, la influencia cultural imperialista se ejerce sobre todo en aquellas capas sociales ligadas a los beneficios de la expoliación del país. En los círculos nativos privilegiados del Sudán se admira a Eliot y sus hijos aprenden una dicción perfecta del inglés moderno en las aulas de Oxford. Lo mismo puede decirse de las castas parasitarias de Puerto Rico, que envían a sus vástagos a estudiar a Estados Unidos. Se consideran norteamericanas y desestiman a sus compatriotas de raza y de lengua.


Los mencionados ejemplos no alteran nuestro pensamiento anterior, esto es, que el imperialismo en los países coloniales otorga mayor importancia a su policía colonial que a su literatura clásica. Pero si en la colonia de Kenya la policía reemplaza a Eliot, en la tradicional semicolonia de la Argentina, Eliot suplanta a la policía colonial. ¿Se trata de un plan elaborado? No. El imperialismo no es un edificio, un comando en jefe o una sección de planificación. Es una relación entre cosas. El influjo cultural del “imperium” nace de su propio poder mundial y de la educación del gusto por lo ajeno (que es lo prestigioso semisagrado) de los grupos privilegiados en las colonias y de ciertas clases medias sometidas a la hipnosis del patrón cultural hegemónico. El resultado es sofocar la aparición de una conciencia nacional, punto de arranque y clave de toda cultura.

En la medida que la “colonización pedagógica” no se ha realizado (según la feliz expresión de Spranger, otro imperialista alemán), sólo prevalece en la colonia el interés económico fundado en la garantía de las armas. Pero en las semicolonias, que gozan de un status político independiente decorado por la ficción jurídica, aquella “colonización pedagógica” se revela esencial. Aparte de los lazos creados por la dependencia financiera, la diversión cultural cosmopolita (parnasiana o “marxista”) es ineludible para soldar la armadura de la enajenación. El dominio imperial se sutiliza. De este modo, Borges es una especie de travieso Gobernador local bilingüe. En la India de 1842, el gobernador Roberts dijo unas palabras sugestivas: “Nadie puede imaginar lo difícil que es gobernar sin la ayuda de los intermediarios nativos”.

La “inteligencia” argentina, por así decir más reputada y la juventud universitaria han sido víctimas predilectas del sistema. Han asimilado los peores rasgos de una cultura antinacional por excelencia. Las condiciones históricas descriptas presidieron la formación de nuestra “élite” intelectual. Su función es clara: ser fideicomisaria de valores elaborados por Europa y que Europa manipula en su propio beneficio.*

*Fragmento de Introducción a la América Criolla

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