La parábola del federalismo argentino. Por Elio Noé Salcedo

No resulta para nada extraña la actitud y conducta del nuevo representante de la casta oligárquica contra las provincias -a las que prácticamente les ha declarado otra vez la guerra-, pues fue esa “casta” la causa eficiente del federalismo argentino, es decir de la rebeldía y rebelión histórica de las provincias contra “Buenos Aires”, desde 1810 y hasta que el provinciano Roca la federalizó en 1880.

La aparición del artiguismo en la Provincia Oriental –provincia argentina hasta 1828-, así como en las regiones de nuestro litoral mesopotámico a poco de la revolución de mayo (1811), da cuenta de una situación de rebeldía que eclosionó entre 1813 y 1814, dada en principio por la rivalidad entre los puertos de Buenos Aires y el de Montevideo, pero también por factores económicos específicos que hacían peligrar el sistema de vida del gauchaje y de los pastores criollos.

El anulamiento de las posibilidades fluviales de la zona litoral por obra del monopolio aduanero bonaerense; los arreglos vergonzosos y abusos de las autoridades porteñas y montevideanas, a espalda de los pueblos de ambas orillas del río Uruguay; la tolerancia porteña a la invasión lusitana a la Banda Oriental; los sacrificios impuestos a las masas rurales y provincianas por el esfuerzo de la guerra de la Independencia; y la negativa centralista a reconocer el derecho de cada provincia a elegir sus propias autoridades, fueron factores que se conjugaron para crear un generalizado malestar en esa extensa región del Plata.

Todo confluía –dice Jorge Abelardo Ramos- para hacer del gobierno directorial de la ciudad de Buenos Aires (1814 – 1820) el poder más impopular del país”. En las duras circunstancias que generaba a su vez esa crisis en las economías mediterráneas -complementa Roberto A. Ferrero-, “se incubaban las condiciones para el surgimiento de los primeros caudillos” federales del centro, norte y oeste del país.

Ello tenía a su vez una explicación histórica. La creación del Virreinato del Río de la Plata con cabecera en Buenos Aires, había roto el equilibrio logrado por las economías del Norte y Cuyo, situación agravada por el derrumbe de los antiguos circuitos comerciales del Alto Perú y del Pacífico. A esto se sumó la crisis económica y social producida por la propia guerra de la Independencia, por un lado, y la política librecambista oligárquica del Puerto Único, por otro, que terminaron de imponer y generalizar una situación angustiante en el Interior.

Reparemos en que las provincias mediterráneas carecían de puertos y sus productos artesanales o industriales eran arrasados por la competencia de los productos extranjeros más baratos, insertados en el mercado local en grandes cantidades, sin ninguna ganancia tampoco en el intercambio comercial, de la que solo se beneficiaban los exportadores e importadores porteños, socios de los industriales ingleses. Así, el malestar fue adquiriendo “caracteres cada vez más acusados, cuando el Interior, después de haber perdido su salida y comunicación con el Norte, perdió también, a raíz de la ocupación portuguesa y de la guerra brasileña, su salida por la Banda Oriental y por el Puerto de Montevideo”, completa Alfredo Terzaga

No hay duda de que “el federalismo provinciano –como sostiene Ferrero- nació como una reacción defensiva del interior ante el avasallamiento del centralismo portuario, que destruía sus instituciones y cegaba sus fuentes productivas”, sin descontar que “Buenos Aires se oponía a cualquier intento de organizar el país, si la iniciativa partía de las provincias”, como advierte a su vez Denis Conles Tizado.

Para “Buenos Aires” (ciudad-provincia en ese entonces, sede y símbolo del poder oligárquico), había tres opciones: 1) organizar la nación bajo su hegemonía autoritaria; 2) no organizarla y seguir dominando a las provincias por su debilidad e impotencia económica e institucional, separando o aislando a unas de otras; 3) dejarlas abandonadas a su propia suerte. Esa parece ser la opción que prima en el presente, con la amenaza de fundirlas por no aprobar la Ley Ómnibus y sobre las que pende la eliminación o reducción de recursos a sus cajas previsionales (con un promedio de recorte del 91% interanual en términos reales, según se estima), además del recorte en infraestructura de hospitales, escuelas y penitenciarias, entre otros.

Si hacemos un desglose de transferencias a las provincias (sin los fondos del Fondo Nacional de Incentivo Docente), sobre la base de datos de CNP, podemos afirmar que, entre 2023 y 2024, salvo Corrientes (+310%) y Catamarca (+10%), en las que las transferencias de la Nación han aumentado, para las demás provincias y CABA esas transferencias han disminuido entre un 32% y un 100%, según la provincia, lo que equivale a un inminente ahogo financiero con consecuencias nefastas.

En esa fase defensiva del federalismo argentino que comienza en 1820 (después de la declinación de Artigas), las provincias, como que sus hijos habían conformado los ejércitos de la Independencia y sus caudillos habían sido sus jefes militares contra godos y portugueses (Artigas, Güemes, López, Bustos, Ibarra, Heredia), aparte de las reivindicaciones concretas respectivas –como autonomía, proteccionismo y más tarde nacionalización de la Aduana de Buenos Aires, entre otras-, estaban de consuno con la causa general de libertad, independencia y unidad americana (Bolívar, San Martín, Güemes y el mismo Artigas), contra la Ciudad Puerto, que, escandalosamente, además de mandar los ejércitos de la patria a reprimirlas (afortunadamente sin mucho éxito, por la desobediencia de los propios militares patriotas), le negaba sus recursos tanto a las provincias como a la gesta libertadora continental, y prefería pensar solo en sus negocios con el extranjero.

La comprensión de esa doble tarea: derrotar al enemigo interno que impedía desarrollar a la Nación, y derrotar al enemigo externo que impedía nuestra independencia, era asumida lúcida y espontáneamente por el federalismo del Interior en todos sus matices.

Al parecer, esa historia no ha terminado, cuando nuevamente la clase de financistas, intermediarios, exportadores e importadores de la Ciudad Puerto –con nuevos privilegios y poderes a partir de haber sido convertida en ciudad autónoma (1994)- presiona sobre el Estado Federal para volver a hacer su voluntad despótica a expensas de todos.

El federalismo del siglo XX y XXI

Pues bien, cabe preguntarse entonces, ¿existe un federalismo nacional en el siglo XXI que pueda defender la causa de las provincias? ¿Existió en el siglo XX?

Digamos que la aparición y/o existencia de algunos partidos federales en el siglo XX y XXI responden a fundamentos, características y motivaciones distintas, e incluso a necesidades e intereses diferentes a los que tuvo el federalismo provinciano y nacional del siglo XIX. En efecto, si bien la tradición y el respeto por el nombre que viene desde el siglo XIX le ha dado prestigio, no obstante, el olvido, omisión y finalmente la sustitución de su significado histórico genuino por otro -y con ello una forma “aggiornada” de entender el federalismo, desprovisto de sentido nacional (sino más bien localizado) e incluso opuesto a su carácter histórico nacional-, le ha dotado de características especiales.  

En cuanto a sus antecedentes históricos, derrotada militarmente en La Verde y Santa Rosa, la casta oligárquica intentó conservar la ciudad-provincia en manos propias y enfrentó otra vez al ejército nacional de Roca en Barracas, Puente Alsina y Plaza Misere, siendo militarmente vencida en la persona de Tejedor. Su consecuencia fue la federalización de la ciudad de Buenos Aires, ya no más propiedad de los porteños y bonaerenses exclusivamente sino de todo el país, y su transformación en Capital de todos los argentinos.

Fue entonces que Buenos Aires protestó por su autonomía atacada y mancillada, dando pie a una nueva concepción federalista, más cerca del “localismo” cerrado, que de una verdadera concepción nacional de lo federal, defensora de lo nacional y latinoamericano, democrática e igualitaria (los mismos derechos para todas las provincias y clases sociales), industrialista y promotora del desarrollo integral de la mano del Estado Nacional, y culturalmente identificada también con lo nacional y no con lo extranjero.

Esa nueva concepción del “federalismo” -más apegada a los intereses locales que a los intereses nacionales (de toda la Nación)-, se vería beneficiada con la integración a su proyecto de país de las oligarquías provincianas o patriciado (antecedente y fundamento del “federalismo” actual), en franca fusión con los viejos partidos oligárquicos a partir de la última década del siglo XIX y principios del XX. Esa fusión política e ideológica en las provincias, creemos, fue la plataforma de formación de los partidos “federales” en las provincias.

El destape “federal” se produjo, no obstante, recién en la década del 70 del siglo XX, cuando la casta oligárquica vio la posibilidad de contrarrestar la acción de los movimientos nacionales -en este caso el peronismo– a través de partidos que reivindicaran aquella bandera histórica, creando alternativas partidistas en cada provincia y reclamándole al poder nacional las “autonomías” provinciales “pisoteadas”.

Lo que en realidad le cuestionaba era el poder nacional, el poder de un Estado Nacional de todos y para todos los argentinos. Por eso esos “federales”, han llegado a aliarse con los que proponen incluso la desaparición del Estado Federal. Lo que no parecen entender es que, con la desaparición del Estado Nacional y Federal, y con la alianza con esa vieja política de la casta oligárquica, las que pierden son las provincias.

Consciente o inconscientemente, cuestionan en el fondo el “empate histórico” que los gobiernos nacionales y populares -el peronismo en la segunda mitad del siglo XX, continuación de las masas federales y de los caudillos provinciales del siglo XIX- pudo lograr con sus políticas proteccionistas de industrialización y de distribución, por lo cual debían compartir por mitades iguales las rentas de la Nación.

Actualmente existen en la Argentina varios partidos o movimientos políticos a nivel país que llevan el nombre de “Federal”. En 2021 se creó Consenso Federal, alianza electoral que integran Libres del Sur, Partido Socialista y Partido Tercera Posición. En todos los casos, su característica principal es que no responden a ninguno de los partidos y/o movimiento de carácter nacional reconocidos, aunque participan electoralmente en alianzas nacionales, generalmente en contra del peronismo. En ese sentido, tratan de ser en sus provincias una alternativa a los movimientos nacionales y populares.

Los partidos “federales” actúan en diversas provincias argentinas que poseen, por otro lado, partidos provinciales, la mayoría de los cuales reivindican esas mismas banderas “federales”.

La atomización y/o fragmentación del federalismo en todo el país e incluso en cada provincia es una de las características del federalismo del siglo XX y XXI, que muestra a las claras su falta de carácter y vocación nacional e impiden alcanzar las propias reivindicaciones que pretende su nombre.

Las banderas del federalismo histórico, por el contrario, han sido y son asumidas en el siglo XX y XXI -como que son su genuina continuidad histórica- por los llamados movimientos nacionales y populares, como en su tiempo el yrigoyenismo y en la actualidad el peronismo, que se han hecho cargo fehacientemente de las banderas federales de manera concreta, efectiva y no solo especulativa. De todas maneras, son muchas las materias pendientes del Movimiento Nacional, entre ellas, la integración de todas las provincias sin distinción y en forma total y eficiente a un proyecto de intenso desarrollo y realización nacional que ya no puede esperar mucho más.

Un comentario en «La parábola del federalismo argentino. Por Elio Noé Salcedo»

  • el febrero 8, 2024 a las 7:36 pm
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    Buen aporte, precisa mirada histórica de Elio Noé Salcedo

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