Raymond Wilmart: el enviado de Carlos Marx a la Argentina para hacer la revolución

Por Víctor Ramos

Procedente de Lisboa, arribó al puerto de Buenos Aires un joven de 22 años, de buen talante, delgado y fino en sus formas, que delataban su pertenencia a la alta burguesía europea. Se trataba de Raymond Wilmart, enviado de Carlos Marx para organizar la AIT, Asociación Internacional Comunista en la Argentina.

Luego de haber entablado amistad en Burdeos con Laura Marx, hija del autor del Manifiesto Comunista, Wilmart se convirtió en un ferviente defensor del internacionalismo proletario.

Entusiasmado por las ideas revolucionarias al punto de abandonar a su familia –perteneciente a la nobleza belga– se sumó al proyecto revolucionario que Marx dirigía desde Londres. Convencido militante comunista, participó del Congreso de la Internacional en La Haya, donde se le encomendó viajar a Buenos Aires. Wilmart tenía una orden de captura emitida por la policía belga, de modo que tuvo apurar su partida. Luego de un periplo a la carrera cruzando Francia, España y Portugal, embarcó en Lisboa el 19 de octubre de 1872 hacia nuestro país. Con un buen castellano, que acompañaba con acento francés, se conectó con camaradas y vivió durante un tiempo en “lo de Miranda”, en la calle Chacabuco 296 del barrio de San Telmo. Nadie podía imaginar que la misión que traía el joven era nada más ni nada menos que gestar la revolución comunista en “el fin del mundo”.

A poco de su llegada, Wilmart comunicó a Carlos Marx que se había relacionado en estas tierras con la Sociedad de Resistencia de Sastres y con la Sociedad de Carpinteros, y que estaba en formación una Asociación de Artesanos. Señaló también que había en Argentina una tendencia mutualista dominante y que hay demasiadas oportunidades de hacerse pequeño patrón y de explotar a obreros recién desembarcados como para que se piense en actuar de alguna manera.

Sin embargo, fue por su impulso que se fundó en Córdoba y en Buenos Aires la AIT, también llamada La Segunda Internacional. Tanto Wilmart como el grupo de inmigrantes alemanes y franceses de la nueva AIT no comprendían la problemática rioplatense. Ni mucho menos la guerra civil entre “unitarios” y “federales” que se vivía en el territorio nacional.

Este enfrentamiento era complejo de interpretar para aquellos europeos que simplificaban todo análisis a la lucha de clases: el proletariado contra la burguesía. Mientras el Partido Unitario de Bartolomé Mitre preparaba un golpe de Estado contra el presidente tucumano Nicolás Avellaneda, los flamantes comunistas inauguraban su local y actividades proselitistas contra la burguesía, en la avenida Belgrano 448 de la ciudad de Buenos Aires.

Inesperadamente, la sede fue allanada por la policía. Todos los miembros de la Internacional fueron detenidos. También se confiscaron folletos en los que se convocaba a la lucha contra “el sistema capitalista”. Se los acusaba de haber provocado un atentado incendiario contra la iglesia del Colegio del Salvador, en Callao y Lavalle, hecho que habían cometido, durante una manifestación, partidarios de Bartolomé Mitre y activistas de la masonería porteña. El doctor Hudson, el juez que intervino en la causa, luego de escuchar los testimonios de los sospechosos concluyó que nada tenían que ver con el atentado. Ni con el mitrismo, sino más bien con el marxismo, sufijo del que nunca había oído hablar. A los 37 días, el magistrado ordenó la liberación de los obreros presos y la Asociación Internacional de Trabajadores se disolvió.4 El fulgor revolucionario del joven belga se fue apagando, tal como lo demuestra en la correspondencia que mantuvo con su maestro. En sus cartas a Marx, Wilmart destacaba la desigualdad entre las clases sociales: Toda la política del país era un asunto de personalidades y que difícilmente se creería en Europa que no solamente había rivalidad entre los estados, sino también entre las provincias.

Afirmaba que sin la afluencia de extranjeros no habría ningún progreso posible y que no sabían hacer otra cosa que andar a caballo.5 En su última carta, la desilusión de Raymond era total. No llegaba a encontrar la “contradicción” entre la burguesía y el proletariado. Respecto a los caudillos argentinos, decía que estaban deslumbrados por “la magia de los nombres propios”, según le informó a Marx en un segundo despacho.

Obreros que de la noche a la mañana pasaban a ser patrones; o socios mutualistas que explotaban a otros trabajadores; o criollos hijos de la pampa que solo andaban a caballo. Van mal las cosas aquí, sesiones vacías, falta de voluntad… No debemos desanimarnos nunca, pero hace falta mucha paciencia para soplar siempre sobre las cenizas que no quieren volver a encenderse.

Tan desconcertado quedó Raymond Wilmart con la realidad local que no congeniaba con las ideas que traía en su valija, que finalmente abandonó toda actividad revolucionaria. Como muchos izquierdistas europeos, no comprendió la diferencia entre la burguesía de un país colonial o semicolonial y la de los países desarrollados o imperialistas, donde las contradicciones e intereses eran muy distintos.

Finalmente se casó en la ciudad de Córdoba con la hermosa Carlota Correa Cáceres, joven hija de una de las familias más ricas de la provincia. Estudió derecho para ingresar a la carrera judicial y fue profesor, juez y camarista. Vivió en los círculos más acomodados de nuestra aristocracia patricia hasta su fallecimiento, en 1937, en la ciudad de Buenos Aires. Tal fue el destino del joven que Carlos Marx envió para organizar la revolución comunista en nuestro país.

Consultar: Capítulo 1 de “Historia politica de la Unión Obrera Metalúrgica. Hombres de Acero”.

Citas:

0. Asociación Internacional de Trabajadores, conocida como la Segunda Internacional Comunista. La Primera Internacional fue fundada en 1864 por socialistas independientes y no tenía una conducción orgánica.

1. Sin proponérselo, Wilmart le advertía a Marx sobre el surgimiento de una pequeña burguesía industrial nacional. Era una realidad muy distinta a la de los países industrializados europeos. Algunos obreros se convertían en pequeños burgueses, en burgueses o se asociaban entre ellos. Dice en su primera carta: Salvo la mitad de la sección francesa y de dos o tres españoles, no hay nada que pueda servir entre nosotros.

2. Tarcus, Horacio, Marx en la Argentina, Siglo XXI, Buenos Aires, 2007. CeDInCI, Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas.

3. Ídem

4. Marotta, Sebastián, El Movimiento Sindical Argentino 1857-1914. Su génesis y desarrollo, Libera, 1975. 5. Tarcus, Horacio, ob. cit. Panettieri, José, Sociohistórica-Dossier: Raymond Wilmart, FaHCE, La Plata, 1999. 6. Tarcus, ídem.