Malvinas y la trampa

El recuerdo y la memoria en relación a Malvinas quedan sujeto a una disputa entre tradiciones que generalmente tiende a confundirse maliciosamente en una discusión entre democracia o militarismo.

Emmanuel Bonforti*

El concepto tradición proveniente del latín y tiene como significado la acción de entregar, de transmitir, de diálogo entre generaciones que buscan preservar secretos y tesoros teóricos.

El éxito de una tradición se observa a través de una línea de continuidad histórica, por ejemplo, cuando hablamos del liberalismo debemos inscribirlo en una tradición cuyo su origen lo podemos anclar en el siglo XVII y mantiene en algunos espacios amplia vigencia.

El presente trabajo da cuenta cómo la Causa Malvinas puede estar atravesada teóricamente por diferentes tradiciones, cuyo significado pueden variar, de ahí que para una tradición la argumentación en relación a la Causa puede ser motivo de dependencia o para otra su razonamiento pueda tener una connotación emancipatoria.


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Así, el recuerdo y la memoria en relación a Malvinas quedan sujeto a una disputa entre tradiciones que generalmente tiende a confundirse maliciosamente en una discusión entre democracia o militarismo.

En esta línea la tradición liberal tuvo recientemente la aparición de un grupo de intelectuales o formadores de opinión que irrumpieron en escena sosteniendo que las Islas Malvinas no son argentinas, sino que además son territorio británico.

¿Qué hay de nuevo en la tradición liberal?

En los países dependientes como el nuestro existe una lucha por modificar e imponer una personalidad nacional, una disputa de características culturales que abreva en el establecimiento de una unidad cultural.

Esta disputa encuentra su origen ya durante los procesos independentistas y adquiere maduración luego de 1816 cuando la conducción del proceso emancipatorio queda a manos de los “vecinos distinguidos” de Buenos Aires. Alianza con el comercio británico por medio la ciudad puerto se convertía en la puerta de ingreso de productos importados que golpean las industrias artesanales del interior, pero en paralelo, asistimos a un proceso de importación de características culturales que se presentó bajo el nombre de colonización pedagógica. De a poco ésta se irá ramificando en diferentes resortes culturales, alcanzando una notable influencia en ámbitos educativos y periodísticos, generado así un perfil de intelectual determinado con inclinación a modas escolásticas y consumos culturales externos.

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Con el tiempo la discusión cultural dividió aguas en relación a la necesidad de una cultura de características nacionales. Aquella tradición anclada en la ciudad de Buenos Aires sostuvo que la única cultura válida carecía de referencias territoriales, de ahí la veneración hacia la cultura cosmopolita, inclinación que también incluía un rechazo a la cultura nacional, señalándola como de menor rango y provinciana. Inclinación que se plasmaba en el desenvolvimiento del sistema educativo nacional que permaneció estancado durante décadas. La alianza económica con Gran Bretaña funcionó también en el plano intelectual junto con la influencia francesa habían formado a pedagogos bajo la imitación permanente y la adoración de valores ajenos a la tradición hispano criolla.

La consecuencia de esta política de imitación derivó en un rechazo a la cultura autóctona, en la creación de estado de civilismo permanente que negó y acusó de bárbaro a las viejas milicias criollas que lucharon por nuestra independencia. El mundo nacido al calor de las milicias populares de repente era borrado de los libros de historia y todo debía preservarse en la tradición oral de la cultura popular. Una historia de características universales era la mejor manera de recibir al reciente inmigrante.

Sin embargo, y más allá de las pretensiones hegemónicas existieron intersticios que daban cuenta de una idea de cultura completamente diferente a la señalada por la tradición liberal. Partiendo de la etimología de la palabra cultura en tanto cultivo de la tierra se estableció un correlato entre el vínculo germinal con la tierra y la comunidad en su conjunto. Donde la cultura recupera su carácter colectivo, instancia que sentencia el divorcio de los intelectuales con su pueblo, de ahí la famosa falta de compresión entre letrados y barbaros.

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Durante y finalizada la Guerra de Malvinas, existieron dos grandes interpretaciones en pugna acerca de los sucesos de 1982, obviamente una se convirtió en una representación hegemónica con respecto a los hechos y la otra ocupó un rol subsidiario. La culturalmente triunfante consideraba que la Guerra tuvo una profunda impronta antipopular por provenir una política de un gobierno dictatorial. De esta manera se anteponía la condición del gobierno sobre una causa que excedía históricamente la decisión coyuntural. Del otro lado y con menos espacios

institucionales en los cuales reproducirse surgía la interpretación que rescataba la recuperación de las Islas. En este juego de lecturas no se discuten razones sino formas, y queda demostrado con las interpretaciones hegemónicas no necesariamente coinciden con su alcance mayoritario. La vertiente liberal tiene como mérito construir hegemonía sin ser mayoritaria.

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Amparados en una tradición liberal amante de las formas y los buenos usos, parte de la intelectualidad decidió dividir aguas y reducir el conflicto entre el enfrentamiento de la democracia británica y la dictadura argentina, en este corte comienza el largo proceso de desmalvinización. Asunto que logra interpelar a un liberalismo conservador, pero también al uno corte progresista, éste último sector mayoritario y generador de opinión en el ámbito de la educación superior. Así, el intelectual progresista que partía de esquemas de interpretación basados en la idea de igualdad, libertad y justicia, no veía en la Guerra de Malvinas la intervención de una nación opresora, sino que ponderaba coyunturalmente al gobierno de aquel entonces.

Para este intelectual de tradición liberal progresista todo lo vinculado a la Guerra formaba parte de un genio maligno o de un loco irresponsable. El punto de partida va a determinar el análisis posterior de la Guerra como también las implicancias del conflicto y sus participantes. De ahí que la discusión entre tradiciones nos lleva a identificar otra zoncera forzada como la de considerar a los soldados víctimas en lugar de héroes. La figura de la víctima aparece desprovista de voluntad y arrastrada por la locura de un General irreflexivo. Esta lectura en presente busca tener efectos nocivos para interpretaciones a futuro. Restarles heroicidad a los soldados significa perpetuar una posición genuflexa de toda la comunidad nacional y en paralelo

socavar la autoestima de un pueblo que culturalmente se encuentra atravesado por la Causa Malvinas y que desde sus orígenes desarrolla una tradición anti británica.

El relato progresista liberal se caracterizó por una interpretación forzada que denunciaba de manera innegable abusos de guerra a nivel nacional, pero mantiene durante años en silencio los crímenes de guerra sostenidos por la corona británica.

Finalizada la Guerra se abre el período de transición democrática que debió sostenerse en un discurso progresista a nivel oficial confundiendo soberanía con entrega y olvido. Será Alfonsín quien institucionalizará en un relato oficial la desmalvinización. El nuevo gobierno tuvo el éxito de revertir el signo a la movilización popular que significaba la Causa Malvinas otorgándole una impronta progresista vaciándola de contenido antiimperialista. Las viejas consignas soberanas ahora quedaban encapsuladas en la búsqueda de derechos civiles y formales. El éxito de esta hegemonía cultural que emanaba de una tradición liberal consistió en el establecimiento de una discusión bipolar, donde todo aquel que comulgaba con la versión oficial se le aplicaba el rótulo de pacifista y los que ponderaban la recuperación de las Islas quedaban atrapados bajo la difícil etiqueta de belicistas.

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Sin embargo, caerle al progresismo en su totalidad por la interpretación acerca de la Guerra de Malvinas sería no comprender el éxito de una tradición teórica, que derivó durante buena parte del siglo XX en una sociedad anglófila y que durante el conflicto decidió negar la proeza del Atlántico Sur. De esta manera factores culturales que se sembraron durante más de cien años terminaron primando sobre los intereses nacionales.

Así, la eficacia de una tradición se observa en su legado, la modernidad europea dio nacimiento al liberalismo en tanto paragua filosófico del incipiente capitalismo. La razón pura occidental desde su inicio promovió esquemas de interpretación binario, asentados en la construcción de alteridades marcadas, de ahí la idea de lo “políticamente correcto”. La negación Causa Malvinas y la prédica progresista sobre la desmalvinización fue un intento más de cancelar y simplificar la discusión en relación a 1982 y la recuperación de las Islas. En definitiva, una apuesta de la cultura colonial por cercenar nuestra nacionalidad completa.

* Emmanuel Bonforti. Sociólogo, docente, investigador, Universidad Nacional de Lanús.

Fuente: Pelfil.com

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