Alberdi, el “desorden constituido” y los “dos países”. Por Elio Noé Salcedo

Juan Bautista Alberdi -no el joven Alberdi liberal cosmopolita, sino el Alberdi maduro, ya nacionalizado desde su colaboración política y diplomática con Urquiza y la Confederación Argentina, aquel al que sus opiniones le costaron “el destierro de toda su vida”-, es considerado por un sector importante del revisionismo histórico como un proto revisionista de la historia argentina, tanto por sus aportes a la historiografía y el pensamiento nacional en sí, como por sus cuestionamientos a la historiografía oficial. Estimamos que tiene méritos para serlo.

En el prefacio de su ensayo histórico-político “Grandes y pequeños hombres del Plata” (1879), Juan Bautista Alberdi, que ha servido a la Confederación Argentina desde 1852 como embajador en Europa, por lo cual recogería el encono de por vida del general Mitre (líder de la provincia autoritaria y/o separatista según sus exclusivas conveniencias), de Sarmiento y de reputados “liberales” de su época, enuncia aquí algunas ideas que iluminan toda nuestra historia desde la Revolución de Mayo y la Revolución de la Independencia hasta el presente, por la actualidad que cobran particularmente sus comentarios en nuestros días.

Al referirse de entrada al “presidente historiador” (Mitre), “salido del acaso” “para llenar patrióticamente su inmerecido puesto”, Alberdi señala: “Yo conocí un gobernador de provincia que destruyó el poder del presidente por una reforma, con el objeto de agrandar su propio poder de gobernador (1860); al otro día, cuando el gobernador se hizo presidente (1862), emprendió otra reforma para destruir el poder del gobernador local y con el objeto de agrandar SU propio poder de presidente”. “Esos viajes de la unidad a la federación y de la federación a la unidad con los poderes y rentas nacionales en sus baúles como si fueran parte integrante de su equipaje personal… -prosigue Alberdi- no creo que pueda increparse de burlar la revolución al que no los practica ni los aprueba”. “No por eso se dirá -se defiende el tucumano- que ríe de la revolución el que deseare para su patria un presidente encargado de dar renta a la nación, en lugar de encargarse de confiscársela…”. Estamos hablando de 1862 -1868, aunque parece 2024.

Así, “un presidente puede llamarse nacional por la razón de que está encargado de desvalijar a una nación en beneficio de una provincia” (se refiere obviamente a Buenos Aires, poseedora del Puerto Único, la Aduana Nacional, usufructuada entonces solo por Buenos Aires, donde residen las clases que parasitan la riqueza nacional, socias del comercio inglés). Solo nos hace falta cambiar provincia por intereses concentrados, fondos de inversión extranjeros o casta financiera y tenemos la frase actualizada.

Por premio de esto -engruesa Alberdi su argumento- tiene ya Mitre, en pago, el título de “segundo Rivadavia”, pero, es verdad que Rivadavia, creador de la unidad(“a palos”), lo creó todo en el lienzo, dejando la realidad como la dejan los pintores en manos de la naturaleza”.

Al parecer, dice Alberdi, para algunos gobernantes, del tipo de Rivadavia o Mitre, “… gobernar es pintar”. Esa realidad, que se reproduce en nuestros días -pintada en nuestras caras y en el deterioro de nuestra existencia-, nos sigue sorprendiendo terriblemente.

Es de notar -prosigue Alberdi- que la última palabra con que acaba el libro de la Historia de Belgrano por Mitre -que escribió y publicó durante su presidencia (“para pasar ocupado su tiempo de presidente”)- es un anuncio de llevar la anarquía al Paraguay, como corolario de la Revolución de Mayo”. “Es que para él -insiste y nos advierte Alberdi- la anarquía (¿acaso un adelanto del anarco-capitalismo actual?), es la revolución y el nuevo régimen: por eso la ha organizado en gobierno permanente, en las instituciones actuales, que se pueden definir como el desorden constituido” …

Al referirse al tratado de paz firmado con España, que el mismo Alberdi ha redactado en 1859, ratificado y consagrado en 1860, en la que España “reconoce y consagra el derecho de la revolución de América” (que recoge antecedentes de la revolución francesa de 1789: “la libertad de nacionalidad”), Alberdi cuestiona: “El general Mitre lo ha reemplazado por un principio colonial: la nacionalidad violenta y forzosa”.

Parecen situaciones que vivimos en nuestros días. Créase o no, la historia se repite y no como comedia sino como inacabable tragedia.

Dos países y dos proyectos…

El capítulo XX de “Grandes y pequeños hombres del Plata” es iniciado por Alberdi con esta frase tan aguda como cierta en la profundidad de su significado: “La división argentina no es política, es geográfica. No son dos partidos; son dos países”. En este capítulo, Alberdi trata un problema muy actual, y de alguna manera nos descubre, con muchos años de anticipación, el verdadero fundamento de nuestras luchas pasadas y presentes.

El hecho es -comienza diciendo- que la federación fue tomada de muchos modos y varios sentidos, tanto por Buenos Aires como por las provincias”. “La federación para Buenos Aires -condición que Buenos Aires defendería separándose de la Confederación Argentina en 1852, haciendo rancho aparte como Estado independiente, haciendo la guerra a las provincias entre 1862 y 1868, tomando las armas en 1874 para oponerse a la presidencia del tucumano Avellaneda y en 1880 para oponerse a la federalización de Buenos Aires y la creación del Estado Nacional-, fue siempre un medio de eludir el reconocimiento de toda autoridad nacional superior a la de su provincia” y los intereses oligárquicos y foráneos que “Buenos Aires” representaba.

Dicho de otra manera y a nuestro modo: las formas institucionales (golpe o “democracia”) solo le sirvieron a la casta económica en nuestro país para desconocer todo poder e interés nacional que se sobrepusiera a sus intereses internos y a su sociedad de negocios con el extranjero y para el extranjero, y no para su patria.

De ese modo la federación, en el Plata -concluía Alberdi-, ha venido a crear al fin dos Estados en el Estado; dos países, dos causas, dos intereses, dos deudas, dos créditos, dos tesoros, dos patriotismos, bajo los colores externos de un solo país”. Y la reforma que hizo Buenos Aires a la Constitución de 1853, sostiene el pensador nacional provinciano, “ha hecho de la constitución federal, un tratado de federación (dentro de la federación); de las partes de un solo país, ha hecho dos países aliados”.

En verdad, y, en definitiva, se trata de dos proyectos de países incompatibles entre sí, como ya lo marcaran el general San Martín en carta a O’Higgins de 1829 y Facundo Quiroga en carta a Paz de 1830. Pero “como la alianza es leonina y devorante de una parte hacia la otra -coincide Alberdi con San Martín y Facundo Quiroga-, su rescisión se impone por la fuerza de la necesidad que tiene el oprimido, de desencadenarse para respirar y vivir”. O nos sacamos las cadenas o perecemos.

Y, si se trata de “dos países” (como lo sabía Alberdi), es decir de dos proyectos de país diferentes, o, como lo hemos dicho muchas veces, de un proyecto de Nación (Patria), por un lado, y de otro de No Nación (Colonia) como la alternativa que se nos propone, la solución está muy clara.

En 1880 la solución fue clarísima: la federalización de Buenos Aires para que fuera propiedad de toda la Nación, y la creación del Estado Nacional para todos los argentinos, vivieran donde vivieran. Hoy hace falta dar un paso adelante para terminar con los intereses de esa casta financiera y económica nativo-extranjera que impide el desarrollo de la Nación y quiere destruirla para convertirnos en satélite o colonia del poder hegemónico de turno.

Corolario

Como lo diría Alberdi, no se trata de peronismo o no peronismo (diferencia que utilizan además para dividirnos), sino de país industrial, desarrollado, con justicia social y soberano o, por el contrario, de país granja o colonia para usufructo de una casta de privilegiados nativos y extranjeros, atado al carro de los poderosos de la tierra. Esas son las verdaderas opciones. No es el “kirchnerismo” o el peronismo lo que les molesta. Es este país…, al que desprecian y del que reniegan, al que quieren cambiar por otro…

La verdadera y única casta que existe en la Argentina es la que no quiere competencia en sus goces y privilegios. De allí su odio a todo lo que respire igualdad, bienestar popular y oportunidades.

Si hemos llegado al punto de votar una opción perjudicial para el país y para nosotros mismos, es porque no hemos atendido ni tampoco entendido lo que nos pasa. Por eso, tal vez, el proto pensamiento nacional de Alberdi pueda servirnos para comenzar a saber quiénes somos y qué tipo de país merecemos…

No es blanco o negro porque sí: o avanzan los intereses nacionales o los intereses anti nacionales avanzan sobre nosotros, como está ocurriendo en estos precisos momentos, que nos hacen rememorar, con Alberdi, el paso por la función pública de Rivadavia y Mitre, y darnos, por comparación e identificación con el presente, una idea más clara de esas nefastas gestiones del pasado que nos trajeron a donde estamos.

Las diferencias son sencillas y claras: país industrial, desarrollado y con bienestar para todos, o país no industrial ni desarrollado ni para disfrute de todos, sino de solo unos pocos; un país manejado por los argentinos o manejado por descastados y foráneos; un mundo multilateral de países soberanos y desarrollados, o un mundo unilateral de países dominantes y opresores, por un lado, y de países dominados y oprimidos, por el otro, cuya “rescisión (la de ese sistema de opresión) se impone por la fuerza de la necesidad que tiene el oprimido, de desencadenarse para respirar y vivir”, como diría Alberdi. O nos sacamos estas cadenas, como lo hicimos con aquellas otras hace 200 años, o volveremos a ser colonia.

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