Ramos: Malvinas, una causa latinoamericana

Por Jorge Abelardo Ramos

No tengo benevolencia hacia Galtieri ni hacia ninguno de sus colegas anteriores o posteriores. Pero comprendo muy bien a la partidocracia sucesora de Saturnino Rodríguez Peña (aquel que ayudó a escapar al general Beresford, cuando la primera invasión inglesa). No falta entre ellos quienes proponen el día 2 de abril como día de luto.

Gracias a esa sociedad anglofila que venera a Europa o a EE.UU., se formó una clase democrática devota de todas las guerras ajenas y héroes alógenos. Son el producto directo de esos bachilleratos franceses importados por Mitre, indiferentes a la América criolla, capaces de ahogar en un hastío glacial las mejores vocaciones y las rebeliones más originales, continuados por una universidad productora de especialistas indiferentes al destino nacional, siempre dispuestos a emigrar por un buen contrato en el exterior. ¡Cómo para entender la guerra de Malvinas con un sistema cultural que reposa en el dilema sarmientino de civilización o barbarie, que según cabe imaginar sitúa la barbarie en América y la civilización en Europa! Se trata del mismo Sarmiento que había escrito al general Mitre: “No ahorre sangre de gauchos. Es lo único que tienen de humano”. A su lado, ¿podrían entender la guerra con Inglaterra los izquierdistas portuarios, tan alejados del drama argentino como los terratenientes que vivían en Europa?

La primera pregunta que brotó en todos los labios de la Argen­tina Ilustrada fue: ¿por qué razón ahora ocupó Galtieri las islas? ¿Qué propósitos se ocultaban detrás del acontecimiento? ¿Ambiciones personales, propaganda interna? Cuando la flota inglesa avanzó armada hasta los dientes, tras la hipócrita euforia inicial, todos empezaron a retroceder, a murmurar, a conspirar. Así se gestó una intriga palaciega, de políticos nativos y embajadores extranjeros, destinada a derrocar a Galtieri y facilitar un gobierno de transición hasta los ansiados comicios. A esta Argentina político-institucional se le ocurrió entonces calificar el 2 de abril con la frase de: “Una aventura irresponsable”. Según se sabe, es la tesis británica.

Los cipayos (vocablo hindú que designaba de ese modo a los nativos aliados al usurpador inglés del suelo nacional) estaban horrorizados. Borges sentía que se hundían las columnas de Hércules. Los demócratas consideraban que esa heroica lucha contra el imperialismo no podía ser realmente legítima, porque procedía de un gobierno malo y de Fuerzas Armadas que no merecían confianza. Pero lo notable de los aspectos políticos de la guerra de Malvinas es que la mayor parte de los partidos políticos argentinos habían apoyado directamente al régimen nacido el 24 de marzo de 1976 y habían ocupado (y siguen ocupando hoy) miles de cargos, desde intendentes hasta ministerios provinciales, ministerios nacionales y embajadas. Sólo se alejaron del gobierno (pero no de los cargos mencionados) cuando el histórico giro del 2 de abril puso en evidencia que la Argentina había entrado en conflicto con las pérfidas potencias del Occidente colonialista y sus aliados de la usura mundial. Entonces descubrieron muchos de estos partidos que este régimen era una dictadura.

Pero cuando está en juego el suelo de la patria, sólo un cipayo puede preguntarse si el gobierno que conduce la guerra le gusta o no. Si San Martín hubiese renunciado a luchar contra el Imperio español al descubrir a su llegada a Buenos Aires la catadura de Rivadavia y Pueyrredón, quizás seríamos todavía subditos del rey de España.

El pueblo argentino y los hermanos de la Patria Grande com­prendieron instantáneamente que la Argentina había emprendido una gran gesta. El 3 de abril, hasta los ultrademócratas y los severos izquierdistas, se informaron que los Estados Unidos, Francia, Inglaterra, etcétera, habían votado contra nuestro país, en el Consejo de Seguridad, mientras que China, la URSS, Polonia y España, se abstenían. ¡Para eso había servido la Revolución Rusa, la Revolución China y la Madre España! Sólo votó a nuestro favor la gallarda República de Panamá, por la boca de su canciller Illueca. El apoyo provenía del legendario suelo al que había convocado Bolívar en 1826 para fundar entre todos una Nación de Repúblicas.

Con las tropas argentinas en las Malvinas, saltó en pedazos el TIAR y la Doctrina Monroe quedaron en paños menores, los simuladores de la democracia europea y los admirados yanquis de Alexis deTocqueville, en suma, los modelos ideales en que habían sido educados los oficiales de las tres armas en la Argentina. Volvimos nuestras miradas hacia la América Latina. Perú ofreció su Ejército, Brasil envió aviones. Hasta la Nicaragua sandinista nos apoyó lo mismo que Cuba. Por encima de todo, éramos latinoamericanos. Y este hecho de trascendencia mundial, que reubicaría a la Argentina en el campo del Tercer Mundo, junto a aquellos pueblos que como nosotros luchaban por su independen­cia nacional, sería objeto de una feroz campaña de desmalvinización que no cede ni un solo día.

El 2 de abril resolvió con el irresistible poder de los hechos esta paradoja: las mismas Fuerzas Armadas que habían entregado el poder económico durante siete años a los abogados de Inglaterra y Estados Unidos, se enfrentaron con los amos imperiales y rompieron a cañonazos esa alianza. Por esa causa, más allá del infortunio militar del 14 de junio, la proeza argentina permitiría afirmar que esta vez Gran Bretaña ganó una batalla y perdió la guerra.

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